Las otras tres leyes de Isaac Asimov

07/ 04/ 11
Asimov

Seguro que habéis oído hablar cientos de veces de las famosas tres leyes de la robótica de Isaac Asimov. Ya sabéis: Primera ley, un robot no puede hacer daño a un ser humano, o, por medio de la inacción etcétera, etcétera. Pero poca gente sabe que estas no son las únicas afortunadas leyes que el gran Isaac formuló a lo largo de su ingente obra. En su libro “La estrella de Belén” figura un ensayo titulado “¡Oh, perspicaz adivino del futuro!” en el que aparecen las Tres Leyes de la Futúrica. Muy recomendables para los aprendices de escritor (pero también para quienes contemplan perplejos el azaroso destino de la Humanidad), desgranan el proceso que siguen los escritores de ciencia ficción para pergeñar sus imaginarias sociedades del mañana. Os dejamos con Asimov:

“La predicción exacta ocurre en la ciencia-ficción mucho más a menudo de lo que podría esperarse de la simple casualidad. ¿Y por qué no? El escritor de ciencia-ficción, elaborando sus sociedades futuras, debe basarlas, consciente o inconscientemente, en la sociedad actual, y al hacerlo desarrolla por fuerza un camino para llegar a ellas. En pocas palabras, tanto si lo sabe como si no, emplea las Tres Leyes de la Futúrica.

Fundación

La Primera Ley puede expresarse así: «Lo que ahora sucede continuará sucediendo». O dicho de otra forma: «Lo que ocurrió en el pasado ocurrirá en el futuro» (Si esto les recuerda mucho la vieja perogrullada «La historia se repite», no se equivocan. Toda mi «Trilogía de las Fundaciones» fue guiada conscientemente por la Primera Ley). […]

La Segunda Ley de la Futúrica dice: «Considera con seriedad lo obvio, porque poca gente lo advertirá». […] Es obvio, era obvio y ha sido obvio durante mucho tiempo que los recursos petrolíferos mundiales eran muy limitados y que el resultado de permitir que ese límite nos alcanzara, de repente, sería desastroso, por más que mucha gente se aferrara a la idea contraria. En realidad, las personas que, como yo mismo, señalaron con insistencia lo obvio, fueron denunciados por «agoreros» y despreciados. […] Así que hemos estado advirtiendo sobre esto en la ciencia-ficción durante más de cuarenta años. Y pese a ello, nuestros expertos hombres de estado y dirigentes continúan siendo sorprendidos por las «crisis de población» y las «crisis energéticas» y siguen actuando como si tales crisis surgieran de la nada, sin previo aviso, justo dos días antes.

robot

La Tercera Ley de la Futúrica, en su forma más sencilla, puede formularse así: «Considerar las consecuencias». La predicción de un invento es muy fácil, ¿pero qué le ocurrirá a la sociedad cuando ese invento sea puesto en acción?
[…] Por supuesto, la Tercera Ley puede emplearse para una de las funciones fundamentales de la ciencia-ficción: la sátira. Se pueden considerar las consecuencias y escoger una poco probable que pueda parecer tan lógica como para iluminar fantásticamente la insensatez humana.

Pensemos en la inflación. Es un problema grave en la actualidad. Los precios suben de tal forma que la miseria y el sufrimiento no quedan limitados a la gente pobre, acostumbrados a ellos. En vez de eso, personas de buena posición, como ustedes o yo, están empezando a sufrir, y eso es penoso e injusto.

Debo admitir que encontrar una solución me costó bastante, porque no sé nada sobre ekonomía (¿se escribe así?). Por fortuna, hace poco escuché a un banquero discutir ciertos gráficos que indicaban el curso posible de los años siguientes. Al ser banquero, lo sabía todo en el terreno ekonómico.

El mencionado banquero señaló una tendencia ascendente (Era algo significativo. Pero no sé si se refería a un crecimiento del producto nacional o a que las mujeres llevarían la falda más corta). Dijo que la tendencia le parecía satisfactoria, pero que suponía un cuatro por ciento de paro. «Sería mucho mejor —opinó— si tuviéramos un cinco por ciento de paro, porque eso mantendría la inflación dentro de unos límites».

La intensidad de aquella revelación me cegó. ¡La inflación se solucionaba con el desempleo! Cuantos más parados, menos gente que tuviera dinero. Con menos dinero para derrochar tontamente, no habría razón para aumentar los precios, y se acabaría con la inflación. Me sentí muy orgulloso de haber escuchado a un economista tan inteligente.

Entonces el problema se reduce a esto: ¿Cómo conseguiremos suficientes parados?

El inconveniente es que el desempleo no es ocupación muy popular y apenas si existen voluntarios. No es nada sorprendente, a la vista del desprecio con que se considera la profesión de parado. Muchísimas veces hemos dicho a un amigo: «¿Por qué esos holgazanes no dejan de vivir bien y se buscan un empleo?» (Y esto es exactamente lo que a uno no le interesa que hagan, si es que queremos acabar con la inflación).

Paro

Pero analicemos la situación con lógica. Usted, en su posición privilegiada de ejecutivo y con su sueldo exorbitante, contribuye a la inflación cada día que pasa, en tanto que esos pobres diablos con zapatos agujereados, pegados a sus botellas de vino en barrios de mala muerte, combaten la inflación con una fuerza desesperada. Entonces, ¿cómo podemos despreciarlos? ¿Quién de ustedes se merece más de la sociedad?

Si queremos vencer la inflación, debemos reconocer en el parado a nuestro luchador de vanguardia contra esa plaga, y darle todos los honores que se merece.

A decir verdad, lo hacemos hasta cierto punto. Les pagamos el seguro de paro y la seguridad social. No es mucho dinero, pero no puede ser más: si pagamos mucho a los desempleados, la inflación se disparará.

Pero si su sueldo debe ser pequeño, ¿por qué acompañarlo con un desprecio tan abierto? El dinero no lo es todo, ya lo saben, y cualquier persona desempleada se contentaría con su ración si tan sólo recibiera un poco de la gratitud que tan abundantemente se merece.

¿Por qué no saludar a esos esforzados y sufridos soldados que se encuentran en las trincheras del frente, en la guerra contra la inflación, con unas palabras amables, con unas palmaditas en la espalda? Que sepan que estamos apoyándoles y que les tenemos en gran aprecio. Eso sí, no hay que darles ni un céntimo. Es fundamental no entregarles dinero.

También el gobierno puede ayudar. Se podría hacer una campaña de reclutamiento para el servicio de desempleo, premiando con la cruz de plomo y el haz de cucharas soperas a los que se convirtieran en parados siguiendo la llamada del deber. Debería reconocerse el patriotismo de ciertos grupos minoritarios que contribuyeran a la lucha por encima de sus posibilidades. Los carteles de reclutamiento deberían decir: «El Tío Sam quiere que TU dejes tu trabajo».

Hombres y mujeres se unirían en masa bajo la bandera del paro. El objetivo del cinco por ciento se alcanzaría con toda facilidad. Es más, se superaría, porque los americanos no se desentienden de sus obligaciones para con la patria.

¡Y se lograría contener la inflación!

Supongo que por medio de la Tercera Ley estoy criticando a nuestro sistema económico, o a nuestra postura endurecida hacia el parado, o a nuestra tendencia a hacer de la guerra algo romántico. […]

La auténtica esencia de la ciencia-ficción consiste en considerar lo desagradable si a ello nos obliga la tarea de generalizar las tendencias sociales y científicas. Y lo maravilloso del lector de ciencia-ficción es que aceptará lo desagradable y lo mirará cara a cara.

Si pudiéramos conseguir que todo el mundo hiciera eso, aún habría una esperanza para la humanidad.”

Pitagora Switch

06/ 04/ 11

Uno de los primeros videos virales que recuerdo de YouTube era un video japonés de un programa infantil llamado Pitagoras Switch. Entre corto y corto ponían un video de lo que los americanos llaman una máquina de Rube Goldberg. Una conjunto de fichas de dominó, poleas, tirachinas y manivelas eran activadas por una bola que recorría un circuito preparado con precisión milimétrica. Si al completar el circuito el mecanismo conseguía activar el interruptor final una voz cantaba “Pitagora Suichi” indicando el éxito de la misión.

En el vídeo de hoy los japoneses se superan una vez más y preparan un colosal xilófono para tocar el décimo movimiento de la Cantata 147 de Bach. Un trabajo increíblemente minucioso y elegante, que sólo se ve empañado por la fealdad del teléfono móvil que lo patrocina.

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Hare Krishna y Burning man

03/ 04/ 11

La acumulación de guardias ha dejado mermadas mis capacidades narrativas, así que hoy tendremos que recurrir al poder de la imagen. Os dejamos con dos vídeos sobre diferentes festivales en Estados Unidos. El video de arriba es del festival Holi de los Hare Krishna en Spanish Fork, Utah. Parte de la ceremonia incluye lanzar lanzar harinas de colores y eso es lo que le ha dado el nombre de “Festival de los Colores”. Muy recomendable ver en HD 1080p (tenéis una pestaña abajo a la derecha del video). La música es de Namrock and C.C. White’s Soul Kirtan, con un aire muy a lo Arcade Fire. Puedes descargar gratis alguna de sus canciones en freshbigmouf.com.

Los vídeos de abajo son del Burning Man, un macrofestival artístico en el desierto de Nevada que recibe su nombre de la tradición de quemar una enorme figura humana hecha de madera. Casi 50000 participantes acuden cada año al desierto con sus creaciones artísticas, que van desde moda estrafalaria a vehículos que parecen sacados de Mad Max. La música del video es un poco hortera, pero las imágenes son espectaculares. No os perdáis la página de la organización, con muchísima información sobre el evento. Si estáis interesados son unos 300$ por toda la semana. El hombre quemado os espera en el desierto de Black Rock del 29 de Agosto al 5 de Septiembre.

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El arte del título

27/ 03/ 11

Uno de nuestros blogs favoritos, Art of the title, preside el jurado del premio al mejor diseño de títulos de crédito en el festival de cine SXSW en Austin, Texas. Antes de presentar las cabeceras nominadas de este año colgaron este vídeo con las mejores de todos los tiempos. A ver qué os parecen. Este año han premiado a Blue Valentine con el premio del jurado y del público. Había una buena competencia, con The Other Guys, The Losers, o Adventure Time . Os dejamos con una recopilación de las 50 mejores de todos los tiempos. ¿Os parece que falta alguna?

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Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner Episodio Final: 1979

26/ 03/ 11
TC

10 de Diciembre de 1979, Ayuntamiento de Estocolmo

“Inventas vitam juvat excoluisse per artes”. Godfrey pasaba sus dedos sobre la inscripción de la medalla. Necesitaba un rato de descanso. Un minuto sin protocolo, felicitaciones o apretones de manos. Hounsfield estaba muy orgulloso de sus inventos, particularmente del EMI Scanner. Le hacía feliz ver cómo los radiólogos u otros médicos disfrutaban con las imágenes del TAC. Sin embargo se sentía muy incómodo cuando los halagos iban dirigidos hacia él. Nunca había sido vanidoso. Que un rey de Suecia le entregase un premio Nobel y miles de personas le aplaudiesen como a una estrella de rock era más de lo que un hombre sencillo como Godfrey Hounsfield era capaz de asimilar. Estaba desbordado por emociones contradictorias.

Le habría gustado compartir el premio con su amigo Ambrose. Hounsfield sabía que si habían conseguido llevar a cabo la comercialización del scanner era en gran parte gracias a la difusión que James había realizado entre los radiólogos de todo el mundo. Juntos habían disfrutado en el proceso de diseño de las primeras máquinas. Los consejos de Ambrose habían sido imprescindibles en el desarrollo del scanner, y Godfrey lamentaba profundamente que no se le hubiera reconocido en el premio. Recordó una tarde casi 10 años atrás, el día que conoció a Ambrose. Godfrey buscaba la colaboración de un radiólogo para el desarrollo del scanner. Varios especialistas le dieron largas y probablemente lo tomaron por un loco. Había pensado que el encuentro con Ambrose terminaría con el mismo resultado, no parecía interesado. Pero algo debió de hacer cambiar de opinión al radiólogo en el último momento. James le pidió a Godfrey que le acompañara a su despacho del Hospital Atkinson’s Morley sin explicarle la razón. Cuando llegaron, Ambrose le dio a Hounsfield una caja muy pesada que contenía un cerebro humano con un tumor. Se lo alargó a Godfrey y le dijo: “demuéstrame que puedes hacer lo que dices”.

Al día siguiente Godfrey se presentó radiante en el Servicio de Radiología preguntando por James Ambrose. Cuando el radiólogo vio la fotografía del scanner miró a Hounsfield sin poder articular palabra. Era una revolución. Y Hounsfield no se había dado cuenta de la verdadera trascendencia de su invento hasta que conoció a Ambrose. Aquellos habían sido los mejores años.

Miró hacia los premiados. Poco a poco se fue acercando a ellos, completamente distraído. Se quedó mirando a Arthur Lewis, que también estaba un poco apartado del grupo principal. Estaba sentado en un banco del Salón Azul, mientras un coro cantaba una pieza que Godfrey no conocía. El ganador del premio Nobel de Economía era un hombre simpático de unos sesenta y tantos años que daba clases de Economía en Princeton. Hounsfield estaba sorprendido por el hecho de que fuera negro, algo que seguro que había supuesto una enorme dificultad en el mundo universitario de aquella época. Arthur era británico, aunque había nacido en Santa Lucía (por aquél entonces colonia británica). Hacía unos años había sido nombrado caballero. Llegó a su lado y le saludó. Arthur lo miró con unos ojos pequeños escondidos detrás de unas gruesas gafas negras. Le sonrió amablemente.

-¿Así que usted es que el genio que ha inventado el scanner?

-Eso dice ese señor con corona- dijo Hounsfield señalando al Rey Carlos Gustavo. -Usted debe ser el economista de los pobres.

Sir Arthur soltó una carcajada. -Sí, ese debo ser yo. No creo que haya muchos por aquí con esa profesión tan rentable.-Arthur Lewis miraba la caja donde guardaba la medalla, el diploma que les habían entregado en la ceremonia. Sacó la medalla y se la colgó. -Sabe, tengo un amigo al que le han realizado un scanner esta semana.-

-Vaya, espero que no sea nada grave- Godfrey supo por la expresión del economista que la cosa no pintaba muy bien.

-Le han dicho que tiene un cáncer de pulmón. Creo que es pequeño y que pueden operarlo. En las radiografías no lo tenían claro, algunos radiólogos pensaban que era una tuberculosis, pero no se ponían de acuerdo. Le hicieron un scanner y ahora les parece un cáncer.- Arthur miraba a Godfrey, que no sabía qué decir.- Dentro de algún tiempo, cuando alguien estudie la economía en los países en vías de desarrollo estudiarán mi trabajo. En algunas universidades se hablará de mí, y a lo mejor una de mis aportaciones conseguirá mejorar la vida de algunas personas. Yo no se cuál será mi lugar en la Historia, la verdad. Lo que sí que se es que su invento, señor Hounsfield, cambiará la vida de mucha gente. Ha conseguido usted que veamos el interior del cuerpo humano sin necesidad de abrirlo en una mesa de quirófano. No se qué clase de cerebro debe de tener usted para que pudiera inventar semejante aparato, pero está claro que la inscripción de esa medalla habla de usted.- Lewis señaló con el dedo.

nobel

Godfrey se fijó en que su medalla era diferente de la de Lewis. Aunque la cara de Alfred Nobel aparecía en ambas medallas el reverso era diferente. En la de Arthur estaba representaba una estrella en su parte central, con rayos saliendo de ella de forma radial. La de Godfrey en cambio mostraba una figura clásica sujetando un niño con una mano, mientras con la otra recogía agua de una roca. Las inscripciones también eran diferentes.

-Es de la Eneida, de Virgilio- Arthur señaló la inscripción de la medalla de Hounsfield.- “Inventas vitam juvat excoluisse per artes”. No soy un experto en latín, pero creo que el pasaje viene a decir “aquellos que mejoran la vida en la Tierra con sus inventos”.

Godfrey se quedó pensativo. Había mucha gente que había trabajado con él en aquel proyecto. Cómo le hubiera gustado compartirlo con ellos. Sin darse cuenta empezó a pensar en los planos que le envió un amigo suyo de General Electrics. Arthur siguió hablando, pero Hounsfield sólo le dedicaba una pequeña parte de su capacidad de atención, estaba pensando en cómo aplicar una espiral al movimiento del cabezal. Quizá así podría disminuir el tiempo de adquisición sin producir demasiados artefactos…

Epílogo

hounsfield

Estos cuatro artículos sobre la vida de Godfrey Hounsfield son relatos de ficción, aunque están basados en la vida real del ingeniero británico. Esperamos que hayáis disfrutado de nuestro pequeño homenaje a este hombre extraordinario, y a una época de pioneros de la radiología en general, y de la neurorradiología en particular. Aquí os dejamos parte de la bibliografía utilizada por si estáis interesados, y un increíble documental sobre los primeros años del scanner.

CT scanning the early days

Obituaries: Sir Godfrey Hounsfield

Nobel Lecture, 8 December, 1979, by Godfrey Hounsfield

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Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner Episodio 3: 1972

19/ 03/ 11
emi HQ

Oficinas centrales de EMI en Londres

Godfrey Hounsfield esperaba a la entrada de la sala de juntas de las oficinas londinenses de EMI. Aquella mañana se reunirían para hablar de los planes de comercialización del Scanner que Hounsfield y su equipo habían desarrollado los últimos años.

Se sentía bastante cansado. Acababa de llegar de un largo viaje a Chicago. James Ambrose había presentado el Scanner ante la Sociedad Radiológica de Norteamérica en el lujoso hotel Hilton Palmer House. Sentado en aquella incómoda butaca, bajo un retrato gigante de Paul McCartney, pensó que ver a James presentando la máquina ante aquella marabunta de radiólogos se parecía bastante a una actuación de los Beatles.

A pesar de la enorme expectación despertada por el scanner Godfrey no estaba satisfecho. Sabía que la máquina tenía que mejorar mucho antes de sacarla al mercado. Hasta ahora sólo habían fabricado 5 aparatos, todos ellos encargados por el Departamento de Salud, basados en el prototipo original. Tenía que conseguir reducir el tiempo de escaneado sin perder en resolución, y probablemente con aumentar el número de detectores no fuese suficiente. Además tenía que mejorar las computadoras de las consolas para que el porcesado fuera más rápido.

El problema era que todo eso aumentaría el precio de la máquina, y no sabía si la junta de EMI lo aprobaría. La empresa había conseguido un enorme superávit con las ventas de discos de The Beatles, así que tenían dinero de sobra en sus arcas listo para gastar. Godfrey esperaba el apoyo de Leo Brodway, jefe del Laboratorio de Investigación, aunque éste siempre intentaba recortar (sin demasiado éxito) los costes de sus experimentos.

En la sala de juntas, vacía aún, las últimas notas de “Blackbird” dejaban paso a “Piggies”. Enseguida reconoció el White Album de los Fab Four, su disco favorito junto con Abbey Road. Estaba tan concentrado escuchando “Rocky Racoon” que no oyó las pisadas de los directivos que se acercaban.

emi logo

A la cabeza de todos iba John Powell, que pasó a su lado a toda velocidad dedicándole una sonrisa que le heló la sangre. Powell era directivo de Texas Instruments y había sido el fichaje estrella de la cúpula directiva de EMI el año anterior. Era un tiburón de las finanzas. Godfrey pensaba que la reunión sería algo informal entre técnicos y comerciales, por lo que no esperaba la presencia del nuevo Director Técnico. Tuvo un mal presentimiento. Entre el grupo que seguía al director estaba su amigo Don Tyzack, que venía hablando con Leo Brodway. Aliviado por encontrarse con alguien de confianza Hounsfield se acercó a ellos. Tyzack le estrechó la mano cordialmente, pero Brodway le evitó de forma poco disimulada. Don trató de quitarle hierro al asunto contándole a Godfrey una anécdota del laboratorio, pero todos sus sistemas de alerta estaban ya activados. Algo iba muy mal. Mientras entraban en la sala sacó una píldora para la acidez de estómago y se la tragó.

La primera hora de la reunión fue un castigo insoportable para Hounsfield. Un contable al que nunca había visto antes hacía un repaso exhaustivo de los gastos de cada uno de los proyectos principales. El capítulo dedicado al EMI Scanner le había parecido indignante. En ningún momento hacía referencia a los fondos proporcionados por el Departamento de Salud, por lo que el balance del proyecto ofrecía un déficit escandaloso. Era inadmisible. Godfrey iba a intervenir, pero en ese momento John Powell se puso en pie.

-Señores, me he cansado de perder el tiempo. Todos sabemos lo que vamos a discutir aquí. La pregunta no es si el Scanner del señor Hounsfield es algo caro, muy caro o desorbitadamente caro, porque esa pregunta se la puedo contestar a todos ustedes ahora mismo: es “medio-millón-de-libras” caro. La pregunta que vamos a contestar hoy aquí es: ¿vamos a gastar el dinero de EMI en este cacharro o no?- John Powell se quedó mirando fijamente a los sorprendidos asistentes, haciendo un gesto con las manos que invitaba a tomar la palabra.

Godfrey estaba mareado. Jamás se le había pasado por la cabeza que EMI no fuera a comercializar el Scanner. Tenía sus dudas sobre los recortes en materiales, número de detectores, tamaño… pero no se había imaginado que la empresa pudiera decidir no fabricarlo. Buscó otra pastilla en su bolsillo, pero el bote estaba vacío.

Nadie tomaba la palabra. Hounsfield vio como varias personas miraban a Brodway, quien al ver que nadie tomaba la palabra se puso en pie.

-Creo que hablo por todos aquí al decir que el TAC es una máquina revolucionaria. De eso nadie tiene ninguna duda. Pero si me preguntáis si es el producto que más le conviene a EMI os diré que mi opinión es que no. Y os diré los dos motivos por los que nos puede llevar a la ruina comercializar este producto tan caro: la primera es que EMI nunca se ha dedicado al mercado de la medicina. Fabricamos pequeños aparatos electrónicos y máquinas para el ejército. Conocemos esos mercados y en ellos nos movemos como peces en el agua. Pero ¿qué sabemos nosotros de la medicina? Tendríamos que dedicar muchísimos recursos sólo a investigar las características y necesidades de los hospitales. Es demasiado arriesgado.- Leo miró a su alrededor asintiendo con la cabeza como si buscara la aprobación de los demás. Varios de los ejecutivos le respondieron con el mismo gesto. Powell siguió con su argumento -La segunda razón es el mercado americano. La única forma de amortizar la inversión es vender en América, y eso si que es un mercado desconocido para nosotros. No tenemos sucursales allí. Sería un caos organizativo dividirnos a cada lado del Atlántico. Es un pez demasiado grande para nosotros.- Hounsfield no daba crédito a lo que oía.

-Leo, no lo entiendo. ¿Qué es lo que quieres?¿Que desinventemos la máquina? El Departamento de Salud nos ha encargado cinco más, ¿van a ser las últimas? ¿o es que tampoco quieres que hagamos esas?.No entiendo nada.- se sentía derrotado. Clavó su mirada en Brodway, pero éste no se atrevía a mirarle a los ojos. A su lado Don Tyzack parecía indignado y miraba fijamente a la mesa.

-Lo que propongo es licenciar la máquina a otras compañías y cobrarles un porcentaje de los beneficios. “No libres batallas que no puedas ganar” Sun Tzu, Arte de la Guerra- dijo Leo Brodway mirando hacia John Powell en la cabecera de la mesa. Godfrey se imaginó por dónde le metería el arte de la guerra al Jefe de Investigación, incluso cómo se vería el resultado de esa intervención en un scanner, pero no llegó a decirlo en voz alta. Powell medió al ver que subía la tensión del ambiente.

-Muchas gracias por su colaboración, Brodway. ¿Alguien más quiere aportar algo?- dijo Powell mirando de unos a otros.

Housnfield vió como Tyzack miraba hacia él gesticulando disimuladamente pidiéndole que se calmara. Godfrey pensó en levantarse y dejar la reunión. Pasaron unos segundos antes de que nadie hablara.

-Entonces voy a tomar la palabra y explicaros mi opinión. Yo creo que llegará un día en que cualquier neurólogo o neurocirujano tendrá el deber moral de realizar un scanner a sus pacientes antes de hacer cualquier diagnóstico o tratamiento. Tenemos que invertir para hacer que ese día llegue. Y debemos ser nosotros quienes controlemos toda la producción de nuestros aparatos, nada de licencias. Hay dos importantes razones para hacerlo. La primera es que no tenemos ningún producto médico y ya es hora de independizarnos de las ganancias música, así que radiología me parece un buen comienzo. Será un caballo de Troya para extendernos al campo del equipamiento médico: ordenadores, radioterapia… La segunda razón es América. ¿Conocen la historia de los dos vendedores de zapatos?- Nadie contestó, pero había captado la atención de toda la sala.- Una empresa de zapatos de Manchester envió a principios de siglo a dos vendedores a Africa, para intentar exportar su producto a las colonias inglesas. El primero de los vendedores escribió un telegrama a su jefe: “situación desesperada. Stop. Nadie usa zapatos”. Poco después el segundo escribió otro telegrama: “Increíble oportunidad. Nadie tiene zapatos todavía”. Creo que todos sabemos cuál de los dos vendedores es usted.- Powell miraba condescendientemente a Brodway, que se deshinchaba poco a poco en su asiento.

-¿Alguien se ha tomado la molestia de hacer un predicción de ventas en los Estados Unidos?- Powell caminaba rodeando la mesa.

Un ayudante de Brodway buscaba en sus libretas de forma frenética mientras pedía la palabra.-Hemos calculado que podríamos llegar a cinco los primeros dos años, señor Powell.-

-Señor Brandt, ¿está usted seguro de que le llega bien la sangre al cerebro? Ha sacado esos datos de la misma carpeta de ideas brillantes que Leo Brodway.- Éste estaba rojo de ira, pero no se atrevió a decir nada.

-Pero es la previsión que nuestros analistas…- Powell no le dejó acabar.

-¿Alguien sabe decirme cuántos hospitales hay en Estados Unidos?- El Director Técnico seguía caminando alrededor de la mesa mientras esperaba la respuesta.

-1500, señor Director.- Brandt intentaba resarcirse.

-A día de hoy Estados Unidos cuenta con más de 7000 hospitales.- Powell parecía perder la paciencia. – De esos 7000 centros 500 son grandes hospitales con más de medio millar de camas.- Tomó aliento y se quedó mirando fijamente a Hounsfield.

-Supongamos que sólo 1 de cada 3 de estos hospitales decide comprarnos un scanner. Estaríamos hablando de más de 100 máquinas. Y creedme, una vez que un hospital adquiera el aparato, los centros del mismo tamaño también querrán que el tío Sam les regale uno a ellos. Será como una epidemia. Podemos conquistar América con su máquina, Doctor Hounsfield.- Powell sonreía satisfecho.

-No soy Doctor, señor Powell- fue como un resorte en su interior el que contestó.

-¿Cómo dice?- el Director Técnico seguía sonriendo.

-Que sólo soy un técnico, yo no he ido a la Universidad, ni soy Doctor.- Godfrey se preguntaba si detrás de esa primera fila de dientes habría más hileras de afilados colmillos.

-Hounsfield, si su scanner vende la mitad de lo que pienso que puede vender, por lo que a mi respecta no sólo es Doctor Cum Laude sino que yo mismo lo nombro Caballero de la Mesa Redonda. Así que coja sus cosas, baje al laboratorio, y prepare esa preciosidad para freír cerebros yankees que yo me encargo de que estos chupatintas voten a favor.- Powell volvió a su sitio silbando una canción que Hounsfield era incapaz de reconocer.

white album

Godfrey miró alrededor. Casi todos parecían tan extrañados como él por lo que acababan de presenciar. Tyzack le sonreía, Brodway y su ayudante no levantaban la cabeza de sus papeles. Pensó que sería mejor hacer caso a Powell así que cogió sus carpetas y se levantó. Mientras atravesaba las puertas se dio cuenta de que todavía sonaban The Beatles en la sala, era la versión rápida de “Revolution”, la cara B de “Hey Jude”. La del disco blanco no le gustaba, era demasiado lenta. Probablemente por eso no la había reconocido en los silbidos de Powell.

Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner Episodio 2: 1971

16/ 03/ 11
primer tC

Atkinson Morley’s Hospital, Londres 1971

James Ambrose comenzó a sentir una fuerte presión sobre su hombro izquierdo. Un sudor frío le recorría la frente. Nunca en su vida había estado tan nervioso. A su lado estaban sentados el equipo de neurocirujanos del Atkinson Hospital. Los más jóvenes parecían intrigados, pero los cirujanos de más edad daban muestras de impaciencia. James lo veía claro: se habían precipitado al estrenar la máquina. No estaba preparada. Miró hacia el fondo de la sala y encontró la cara siempre sonriente de Godfrey Hounsfield. ¿Cómo podía sonreír en aquellas circunstancias?

Durante los dos últimos años habían trabajado sin descanso en la idea de Godfrey. Primero con el modelo primitivo usando cabezas de animales, o cerebros que Ambrose conseguía en la Universidad. Más tarde con el prototipo encargado por el Departamento de Salud. Hacía meses que la máquina estaba terminada, pero Hounsfield siempre pensaba en nuevos ajustes para conseguir mejores resultados.

Habían hecho muchas pruebas, incluso el propio Godfrey se había metido bajo el arco en varias ocasiones. Los resultados eran espectaculares, de eso no había duda. Las pocas personas que habían visto las imágenes habían quedado asombradas. Aquel invento revolucionaría la medicina. El problema era el tiempo.

La máquina era muy lenta. Tardaba sólo 5 minutos en tomar las imágenes, pero lo tedioso era el procesado. Un operario llevaba en una cinta los datos del scanner desde el Atkinson Morley’s a las laboratorios de EMI, donde un ordenador ICL 1905 trabajaba toda la noche preparando las imágenes. Hounsfield estaba trabajando en un miniordenador que reduciría los tiempos de procesado, pero todavía no estaba listo.

Aquella mañana se había reunido casi todo el departamento de Neurocirugía, algún neurólogo y por supuesto todos los radiólogos del Hospital en la antigua sala de sesiones. La misteriosa máquina de Ambrose y Hounsfield había despertado gran expectación entre sus compañeros, y todos querían ver la demostración de sus virtudes.

Los neurocirujanos le habían presentado el caso de una mujer joven con la sospecha de un tumor cerebral en el lóbulo frontal. Ambrose hubiera preferido realizar antes una arteriografía, pero se dejó convencer por Godfrey para utilizar la máquina por primera vez con esa paciente.-Será un acontecimiento inolvidable, un bautismo de fuego- había dicho el ingeniero, contagiando a todos de su optimismo inquebrantable. La prueba se había realizado la tarde anterior, y ahora todos esperaban la llegada del operario de EMI con las imágenes.

El reloj marcaba las 8 y cuarto. James tenía muchas dudas. Debían haber esperado a que el minicomputador funcionara. Además tenían que haber hecho más pruebas en cadáveres con lesiones tumorales y vasculares para describir correctamente su aspecto radiológico. No estaba seguro de cómo interpretaría el resultado del scanner. Lo que más le atormentaba era no haberse atrevido a utilizar contraste yodado. Estaba seguro de que hubiera ayudado a definir la lesión. Todas esas ideas se entrelazaban en un nudo que no le dejaba respirar.

Alguien entró por la puerta. Un chico pelirrojo se quedó petrificado mirando la multitud de médicos que abarrotaban la sala. -Buenos días, doctores. Traigo un paquete para el doctor Ambrose.- dijo en un tono temeroso.

James Ambrose se adelantó y firmo el recibo. Abrió la caja de cartón, sintiendo todas las miradas clavadas en su espalda. Separó los grandes sobres que contenían las imágenes impresas y rebuscó entre los envoltorios hasta que encontró lo que buscaba: una cinta con el logotipo de EMI.

Caminó hacia un enorme televisor e introdujo la cinta en una ranura lateral. El televisor comenzó a hacer ruido. James se sentó en primera fila y pidió a uno de sus residentes que apagara las luces.

Un murmullo generalizado acompañó al primer fotograma de la cinta, unos grandes números blancos sobre un fondo negro que correspondían al número de registro del estudio. La imagen permaneció estática durante unos segundos, eternos para Ambrose. Entonces comenzaron a aparecer imágenes que correspondían a los cortes más bajos del scanner. Se hizo un silencio absoluto. Cada imagen permanecía 10 segundos en pantalla, dando paso al corte inmediatamente superior. Ambrose se dió cuenta de su fracaso. Sin el contraste yodado no se distinguiría la lesión. Los cortes seguían ascendiendo dejando ver claramente los ventrículos cerebrales. Le pareció distinguir cómo el asta frontal derecha parecía de menor tamaño que la izquierda. Unos segundos después entendió el motivo. Los médicos no daban crédito a lo que veían: una lesión oscura y redondeada ocupaba el lóbulo frontal derecho. Al verla Ambrose identificó inmediatamente su composición: era negra como el agua de los ventrículos, por lo que tenía que ser quística. Las imágenes seguían pasando y la excitación de los asistentes iba en aumento. Los cirujanos discutían porque habían apostado a que la localización era frontal derecha y la imagen lo que mostraba era una localización al lado izquierdo de la pantalla. Le pedían que lo pasara otra vez y algunos se lanzaron a mover los controles.

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James buscó entonces a Hounsfield. El ingeniero le abrazó como si fuera a romperle los huesos. Se sentía como si acabara de ganar la final de la Copa del Mundo en el estadio de Wembley. -Hay que reducir los tiempos, James. Tenemos que añadir el computador, y esa matriz es demasiado grande…-James ya no le escuchaba. Estaba pensando en la nuez con la que Godfrey le había convencido para apuntarse a aquella aventura. No entendía cómo aquél hombre tan sencillo, que no había estudiado en la Universidad y que se dedicaba a fabricar transistores en el sótano de una fábrica destartalada había conseguido cambiar su profesión de la noche a la mañana. Pensó en todas las arteriografías que había hecho, y en el nuevo trabajo que se presentaba ante él.

Respiró hondo. Por el momento dejaría que los cirujanos discutieran un poco más, antes de que descubrieran que las imágenes en el scanner estaban invertidas y que la lesión era en efecto frontal derecha. Salió de la sala y por primera vez en muchos días sonrió.

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