Entradas ‘Karel Capek’

Sobre los cinco panes. Karel Capek

16/ 04/ 10

…¬ŅMe pregunta que qu√© tengo contra √Čl? Se lo voy a explicar claramente, vecino. No es que est√© en contra de sus ense√Īanzas, eso no. Una vez escuch√© sus predicaciones y le digo a usted que poco falt√≥ para que me convirtiera en su disc√≠pulo. Aquella vez volv√≠ a casa y le dije a mi primo el guarnicionero: ¬ęT√ļ deb√≠as o√≠rle. Te digo que, a su manera, es un profeta. Habla muy bien, hay que reconocerlo.¬Ľ A uno se le alegra el coraz√≥n. Aquel d√≠a ten√≠a yo los ojos llenos de l√°grimas, hubiera cerrado la tienda muy a gusto y me hubiera ido tras √©l para no perderle nunca de vista. ¬ęReparte todo lo que tienes, dijo, y s√≠gueme. Ama a tu pr√≥jimo, ayuda al pobre y perdona al que te ofendi√≥¬Ľ, y cosas por el estilo. Yo soy un sencillo panadero, pero cuando le o√≠a sent√≠a dentro de m√≠, una alegr√≠a y un dolor tan extra√Īos… No s√© c√≥mo decirlo… Una fuerza que me hac√≠a arrodillar en tierra y llorar y, al mismo tiempo, algo tan bello y tan ligero como si de m√≠ se hubieran desprendido todas las preocupaciones, toda la maldad. Entonces, pues, fue cuando le dije a mi primo: ‚ÄúT√ļ, tonto de capirote, deber√≠a darte verg√ľenza lo que haces. Hablas de tonter√≠as, que si √©ste o el otro te deben, que si tienes que pagar los diezmos, recargos e impuestos, etc. Mejor ser√≠a que repartieras entre los pobres lo que tienes, dejar√°s a tu mujer y a tus hijos y le siguieras.‚ÄĚ
Y eso de que cura enfermos y pose√≠dos, tampoco se lo echar√≠a en cara. La verdad, es un poder extra√Īo y sobrenatural, pero todos nosotros sabemos que nuestros curanderos son unos matasanos y que los romanos no son mejores. Saben sacar dinero, eso s√≠, pero cuando los llamas junto a un moribundo se encogen de hombros y te dicen que deb√≠as haberlos llamado antes. ¬°Antes! Mi difunta esposa estuvo enferma dos a√Īos. Yo la llevaba de unos m√©dicos a otros. No se puede usted imaginar el dinero que me cost√≥. Y ninguno le ayud√≥. Si entonces hubiera ido ya √Čl por las ciudades, hubiera ca√≠do yo de rodillas a sus plantas y le hubiera dicho: ‚ÄúSe√Īor, sana a esta mujer.‚ÄĚ Y ella hubiera tocado su t√ļnica y se hubiera curado. As√≠, la pobrecita, sufri√≥ como no tiene usted idea… Que cure enfermos lo encuentro muy bien. Claro que los doctores est√°n en contra de eso y gritan que es una estafa y una intromisi√≥n, y quieren que se lo proh√≠ban y qu√© s√© yo cu√°ntas cosas m√°s. Pero ya sabemos, que en ello juegan parte importante los intereses particulares. El que quiere ayudar a la gente y salvar al mundo, siempre tropieza con los intereses de alguien. No se puede contentar a todos, eso ya se sabe. Lo que yo digo: puede curar y resucitar muertos si le parece… Pero aquello de los cinco panes, no debi√≥ hacerlo. Como panadero, le digo a usted que fue una gran injusticia con respecto a nosotros.

¬ŅUsted no ha o√≠do hablar sobre lo de los cinco panes? Me extra√Īa, porque todos los panaderos est√°n fuera de s√≠ a causa de este asunto. Dicen que un gran gent√≠o le sigui√≥ hasta un lugar desierto, y √Čl curaba a sus enfermos. Y cuando anochec√≠a, se acerc√≥ a √Čl uno de sus disc√≠pulos, dici√©ndole: ‚ÄúDesierto est√° el lugar este y el tiempo pasa. D√©jales partir, para que yendo a la ciudad, encuentran para s√≠ alimentos.‚ÄĚ Entonces √©l les contest√≥: ‚ÄúNo es necesario que se marchen, dadles vosotros a comer.‚ÄĚ Y ellos le contestaron: ‚ÄúNo tenemos aqu√≠ m√°s que cinco panes y dos peces.‚ÄĚ Y √©l contest√≥ a su vez: ‚ÄúTra√©dmelos aqu√≠.‚ÄĚ Y orden√≥ a la multitud que se sentara sobre la hierba y, tomando aquellos cinco panes y dos peces, mir√≥ al cielo, los bendijo y parti√©ndolos en pedazos daba el pan a sus disc√≠pulos, y los disc√≠pulos a la multitud. Y todos comieron y quedaron saciados. Despu√©s se recogieron las migajas llen√°ndose doce cestos. Comieron alrededor de cinco mil hombres, sin contar mujeres y ni√Īos.

Comprenda, vecino, que esto no lo puede consentir ning√ļn panadero. ¬ŅA d√≥nde llegar√≠an las cosas? Si tuviera que convertirse en costumbre que cualquiera pudiera, con cinco panes y dos pececitos, hartar a cinco mil personas, ya est√°bamos arreglados. Entonces, los panaderos tendr√≠amos que irnos a pacer, ¬Ņtengo raz√≥n o no? En lo que se refiere a los pececitos, ¬°all√° se las arreglen! Crecen en el agua y los puede pescar todo el que quiera. Pero el panadero tiene que comprar cara la harina y la le√Īa, tiene que tener un aprendiz y pagarle un jornal, ha de contar con el mantenimiento de la tienda o sea, impuestos, y qui√©n sabe cu√°ntos cosas m√°s; as√≠ que est√° contento si le quedan algunas monedas para alimentarse y no tener que ir pidiendo limosna. ¬ŅY √Čl? Le basta con mirar al cielo y tiene suficiente pan para saciar a cinco mil o qui√©n sabe a cu√°ntos miles de personas. La harina no le cuesta nada, no tiene que acarrear la le√Īa de Dios sabe d√≥nde, ningunos gastos, ning√ļn trabajo… Est√° claro que de ese modo, puede dar el pan gratis a la gente, ¬Ņno es eso? Y no tiene en cuenta que a los panaderos de los alrededores les quita el medio de ganarse la vida honradamente. Le digo a usted que esto es una competencia turbia, y deb√≠a impedirse de alguna manera. Si quiere hacer de panadero ¬°que pague impuestos como nosotros! La gente ya viene dici√©ndonos: ¬ŅC√≥mo es eso?, ¬Ņtanto dinero quer√©is por esos miserables panecillos? Gratis los deber√≠ais dar, como √Čl. ¬°Y vaya pan que era! Blanco, tostadito y con un aroma… Uno hubiera comido hasta reventar. Ya hemos tenido que rebajar el precio de los panecillos, ¬°palabra de honor!, los vendemos por menos que el precio de coste, solamente por no tener que cerrar las tiendas. Pero ¬Ņhasta d√≥nde vamos a llegar? Eso hace que los panaderos nos devanemos los sesos. Dicen que en otro lugar, saci√≥ a cuatro mil hombres, sin contar mujeres y ni√Īos, con siete panes y unos cuantos peces, pero se recogieron solamente cuatro cestos de migajas. Seguramente, ese negocio suyo ya no le va tan bien como antes, pero a nosotros nos va a deshacer para siempre. Y yo le digo a usted, que lo hace s√≥lo por antipat√≠a a los panaderos. Es verdad que los que comercian en pescado tambi√©n se quejan, pero √©sos no saben ya qu√© pedir por sus peces. No es un trabajo tan honrado como el de panadero.

Mire usted, vecino, yo soy ya un viejo y no tengo mujer ni hijos. Hace poco le dije a mi aprendiz que se ocupe de la panader√≠a √©l solo. No se trata, pues, de mis beneficios. Por mi alma, que preferir√≠a repartir mi peque√Īa propiedad y seguirle a E1, cultivar el amor al pr√≥jimo y todo lo que predica. Pero cuando veo c√≥mo se ha enfrentado a nosotros, los panaderos, me digo: ¬°Eso s√≠ que no! Yo, como panadero, veo que su sistema no es ninguna salvaci√≥n para el mundo, sino una verdadera cat√°strofe para nuestra profesi√≥n. Me da l√°stima, pero eso no estoy dispuesto a consentirlo. ¬°No puede ser!

Desde luego que hemos presentado una queja a Anan√≠as y al Gobernador, por violaci√≥n de las leyes industriales y por incitar a la rebeli√≥n, pero ya sabe usted c√≥mo van las cosas en esos lugares. ¬°Hasta que se decidan a hacer algo! Usted me conoce, vecino, soy un hombre comedido y no busco pelea con nadie, pero si √Čl viene a Jerusal√©n, ser√© el primero en salir a la calle y gritar: ¬°Crucificadle! ¬°Crucificadle!

Karel Capek, a√Īo 1937

Etiquetas: ,