Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner Episodio 3: 1972

19/ 03/ 11
emi HQ

Oficinas centrales de EMI en Londres

Godfrey Hounsfield esperaba a la entrada de la sala de juntas de las oficinas londinenses de EMI. Aquella mañana se reunirían para hablar de los planes de comercialización del Scanner que Hounsfield y su equipo habían desarrollado los últimos años.

Se sentía bastante cansado. Acababa de llegar de un largo viaje a Chicago. James Ambrose había presentado el Scanner ante la Sociedad Radiológica de Norteamérica en el lujoso hotel Hilton Palmer House. Sentado en aquella incómoda butaca, bajo un retrato gigante de Paul McCartney, pensó que ver a James presentando la máquina ante aquella marabunta de radiólogos se parecía bastante a una actuación de los Beatles.

A pesar de la enorme expectación despertada por el scanner Godfrey no estaba satisfecho. Sabía que la máquina tenía que mejorar mucho antes de sacarla al mercado. Hasta ahora sólo habían fabricado 5 aparatos, todos ellos encargados por el Departamento de Salud, basados en el prototipo original. Tenía que conseguir reducir el tiempo de escaneado sin perder en resolución, y probablemente con aumentar el número de detectores no fuese suficiente. Además tenía que mejorar las computadoras de las consolas para que el porcesado fuera más rápido.

El problema era que todo eso aumentaría el precio de la máquina, y no sabía si la junta de EMI lo aprobaría. La empresa había conseguido un enorme superávit con las ventas de discos de The Beatles, así que tenían dinero de sobra en sus arcas listo para gastar. Godfrey esperaba el apoyo de Leo Brodway, jefe del Laboratorio de Investigación, aunque éste siempre intentaba recortar (sin demasiado éxito) los costes de sus experimentos.

En la sala de juntas, vacía aún, las últimas notas de “Blackbird” dejaban paso a “Piggies”. Enseguida reconoció el White Album de los Fab Four, su disco favorito junto con Abbey Road. Estaba tan concentrado escuchando “Rocky Racoon” que no oyó las pisadas de los directivos que se acercaban.

emi logo

A la cabeza de todos iba John Powell, que pasó a su lado a toda velocidad dedicándole una sonrisa que le heló la sangre. Powell era directivo de Texas Instruments y había sido el fichaje estrella de la cúpula directiva de EMI el año anterior. Era un tiburón de las finanzas. Godfrey pensaba que la reunión sería algo informal entre técnicos y comerciales, por lo que no esperaba la presencia del nuevo Director Técnico. Tuvo un mal presentimiento. Entre el grupo que seguía al director estaba su amigo Don Tyzack, que venía hablando con Leo Brodway. Aliviado por encontrarse con alguien de confianza Hounsfield se acercó a ellos. Tyzack le estrechó la mano cordialmente, pero Brodway le evitó de forma poco disimulada. Don trató de quitarle hierro al asunto contándole a Godfrey una anécdota del laboratorio, pero todos sus sistemas de alerta estaban ya activados. Algo iba muy mal. Mientras entraban en la sala sacó una píldora para la acidez de estómago y se la tragó.

La primera hora de la reunión fue un castigo insoportable para Hounsfield. Un contable al que nunca había visto antes hacía un repaso exhaustivo de los gastos de cada uno de los proyectos principales. El capítulo dedicado al EMI Scanner le había parecido indignante. En ningún momento hacía referencia a los fondos proporcionados por el Departamento de Salud, por lo que el balance del proyecto ofrecía un déficit escandaloso. Era inadmisible. Godfrey iba a intervenir, pero en ese momento John Powell se puso en pie.

-Señores, me he cansado de perder el tiempo. Todos sabemos lo que vamos a discutir aquí. La pregunta no es si el Scanner del señor Hounsfield es algo caro, muy caro o desorbitadamente caro, porque esa pregunta se la puedo contestar a todos ustedes ahora mismo: es “medio-millón-de-libras” caro. La pregunta que vamos a contestar hoy aquí es: ¿vamos a gastar el dinero de EMI en este cacharro o no?- John Powell se quedó mirando fijamente a los sorprendidos asistentes, haciendo un gesto con las manos que invitaba a tomar la palabra.

Godfrey estaba mareado. Jamás se le había pasado por la cabeza que EMI no fuera a comercializar el Scanner. Tenía sus dudas sobre los recortes en materiales, número de detectores, tamaño… pero no se había imaginado que la empresa pudiera decidir no fabricarlo. Buscó otra pastilla en su bolsillo, pero el bote estaba vacío.

Nadie tomaba la palabra. Hounsfield vio como varias personas miraban a Brodway, quien al ver que nadie tomaba la palabra se puso en pie.

-Creo que hablo por todos aquí al decir que el TAC es una máquina revolucionaria. De eso nadie tiene ninguna duda. Pero si me preguntáis si es el producto que más le conviene a EMI os diré que mi opinión es que no. Y os diré los dos motivos por los que nos puede llevar a la ruina comercializar este producto tan caro: la primera es que EMI nunca se ha dedicado al mercado de la medicina. Fabricamos pequeños aparatos electrónicos y máquinas para el ejército. Conocemos esos mercados y en ellos nos movemos como peces en el agua. Pero ¿qué sabemos nosotros de la medicina? Tendríamos que dedicar muchísimos recursos sólo a investigar las características y necesidades de los hospitales. Es demasiado arriesgado.- Leo miró a su alrededor asintiendo con la cabeza como si buscara la aprobación de los demás. Varios de los ejecutivos le respondieron con el mismo gesto. Powell siguió con su argumento -La segunda razón es el mercado americano. La única forma de amortizar la inversión es vender en América, y eso si que es un mercado desconocido para nosotros. No tenemos sucursales allí. Sería un caos organizativo dividirnos a cada lado del Atlántico. Es un pez demasiado grande para nosotros.- Hounsfield no daba crédito a lo que oía.

-Leo, no lo entiendo. ¿Qué es lo que quieres?¿Que desinventemos la máquina? El Departamento de Salud nos ha encargado cinco más, ¿van a ser las últimas? ¿o es que tampoco quieres que hagamos esas?.No entiendo nada.- se sentía derrotado. Clavó su mirada en Brodway, pero éste no se atrevía a mirarle a los ojos. A su lado Don Tyzack parecía indignado y miraba fijamente a la mesa.

-Lo que propongo es licenciar la máquina a otras compañías y cobrarles un porcentaje de los beneficios. “No libres batallas que no puedas ganar” Sun Tzu, Arte de la Guerra- dijo Leo Brodway mirando hacia John Powell en la cabecera de la mesa. Godfrey se imaginó por dónde le metería el arte de la guerra al Jefe de Investigación, incluso cómo se vería el resultado de esa intervención en un scanner, pero no llegó a decirlo en voz alta. Powell medió al ver que subía la tensión del ambiente.

-Muchas gracias por su colaboración, Brodway. ¿Alguien más quiere aportar algo?- dijo Powell mirando de unos a otros.

Housnfield vió como Tyzack miraba hacia él gesticulando disimuladamente pidiéndole que se calmara. Godfrey pensó en levantarse y dejar la reunión. Pasaron unos segundos antes de que nadie hablara.

-Entonces voy a tomar la palabra y explicaros mi opinión. Yo creo que llegará un día en que cualquier neurólogo o neurocirujano tendrá el deber moral de realizar un scanner a sus pacientes antes de hacer cualquier diagnóstico o tratamiento. Tenemos que invertir para hacer que ese día llegue. Y debemos ser nosotros quienes controlemos toda la producción de nuestros aparatos, nada de licencias. Hay dos importantes razones para hacerlo. La primera es que no tenemos ningún producto médico y ya es hora de independizarnos de las ganancias música, así que radiología me parece un buen comienzo. Será un caballo de Troya para extendernos al campo del equipamiento médico: ordenadores, radioterapia… La segunda razón es América. ¿Conocen la historia de los dos vendedores de zapatos?- Nadie contestó, pero había captado la atención de toda la sala.- Una empresa de zapatos de Manchester envió a principios de siglo a dos vendedores a Africa, para intentar exportar su producto a las colonias inglesas. El primero de los vendedores escribió un telegrama a su jefe: “situación desesperada. Stop. Nadie usa zapatos”. Poco después el segundo escribió otro telegrama: “Increíble oportunidad. Nadie tiene zapatos todavía”. Creo que todos sabemos cuál de los dos vendedores es usted.- Powell miraba condescendientemente a Brodway, que se deshinchaba poco a poco en su asiento.

-¿Alguien se ha tomado la molestia de hacer un predicción de ventas en los Estados Unidos?- Powell caminaba rodeando la mesa.

Un ayudante de Brodway buscaba en sus libretas de forma frenética mientras pedía la palabra.-Hemos calculado que podríamos llegar a cinco los primeros dos años, señor Powell.-

-Señor Brandt, ¿está usted seguro de que le llega bien la sangre al cerebro? Ha sacado esos datos de la misma carpeta de ideas brillantes que Leo Brodway.- Éste estaba rojo de ira, pero no se atrevió a decir nada.

-Pero es la previsión que nuestros analistas…- Powell no le dejó acabar.

-¿Alguien sabe decirme cuántos hospitales hay en Estados Unidos?- El Director Técnico seguía caminando alrededor de la mesa mientras esperaba la respuesta.

-1500, señor Director.- Brandt intentaba resarcirse.

-A día de hoy Estados Unidos cuenta con más de 7000 hospitales.- Powell parecía perder la paciencia. – De esos 7000 centros 500 son grandes hospitales con más de medio millar de camas.- Tomó aliento y se quedó mirando fijamente a Hounsfield.

-Supongamos que sólo 1 de cada 3 de estos hospitales decide comprarnos un scanner. Estaríamos hablando de más de 100 máquinas. Y creedme, una vez que un hospital adquiera el aparato, los centros del mismo tamaño también querrán que el tío Sam les regale uno a ellos. Será como una epidemia. Podemos conquistar América con su máquina, Doctor Hounsfield.- Powell sonreía satisfecho.

-No soy Doctor, señor Powell- fue como un resorte en su interior el que contestó.

-¿Cómo dice?- el Director Técnico seguía sonriendo.

-Que sólo soy un técnico, yo no he ido a la Universidad, ni soy Doctor.- Godfrey se preguntaba si detrás de esa primera fila de dientes habría más hileras de afilados colmillos.

-Hounsfield, si su scanner vende la mitad de lo que pienso que puede vender, por lo que a mi respecta no sólo es Doctor Cum Laude sino que yo mismo lo nombro Caballero de la Mesa Redonda. Así que coja sus cosas, baje al laboratorio, y prepare esa preciosidad para freír cerebros yankees que yo me encargo de que estos chupatintas voten a favor.- Powell volvió a su sitio silbando una canción que Hounsfield era incapaz de reconocer.

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Godfrey miró alrededor. Casi todos parecían tan extrañados como él por lo que acababan de presenciar. Tyzack le sonreía, Brodway y su ayudante no levantaban la cabeza de sus papeles. Pensó que sería mejor hacer caso a Powell así que cogió sus carpetas y se levantó. Mientras atravesaba las puertas se dio cuenta de que todavía sonaban The Beatles en la sala, era la versión rápida de “Revolution”, la cara B de “Hey Jude”. La del disco blanco no le gustaba, era demasiado lenta. Probablemente por eso no la había reconocido en los silbidos de Powell.

Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner Episodio 2: 1971

16/ 03/ 11
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Atkinson Morley’s Hospital, Londres 1971

James Ambrose comenzó a sentir una fuerte presión sobre su hombro izquierdo. Un sudor frío le recorría la frente. Nunca en su vida había estado tan nervioso. A su lado estaban sentados el equipo de neurocirujanos del Atkinson Hospital. Los más jóvenes parecían intrigados, pero los cirujanos de más edad daban muestras de impaciencia. James lo veía claro: se habían precipitado al estrenar la máquina. No estaba preparada. Miró hacia el fondo de la sala y encontró la cara siempre sonriente de Godfrey Hounsfield. ¿Cómo podía sonreír en aquellas circunstancias?

Durante los dos últimos años habían trabajado sin descanso en la idea de Godfrey. Primero con el modelo primitivo usando cabezas de animales, o cerebros que Ambrose conseguía en la Universidad. Más tarde con el prototipo encargado por el Departamento de Salud. Hacía meses que la máquina estaba terminada, pero Hounsfield siempre pensaba en nuevos ajustes para conseguir mejores resultados.

Habían hecho muchas pruebas, incluso el propio Godfrey se había metido bajo el arco en varias ocasiones. Los resultados eran espectaculares, de eso no había duda. Las pocas personas que habían visto las imágenes habían quedado asombradas. Aquel invento revolucionaría la medicina. El problema era el tiempo.

La máquina era muy lenta. Tardaba sólo 5 minutos en tomar las imágenes, pero lo tedioso era el procesado. Un operario llevaba en una cinta los datos del scanner desde el Atkinson Morley’s a las laboratorios de EMI, donde un ordenador ICL 1905 trabajaba toda la noche preparando las imágenes. Hounsfield estaba trabajando en un miniordenador que reduciría los tiempos de procesado, pero todavía no estaba listo.

Aquella mañana se había reunido casi todo el departamento de Neurocirugía, algún neurólogo y por supuesto todos los radiólogos del Hospital en la antigua sala de sesiones. La misteriosa máquina de Ambrose y Hounsfield había despertado gran expectación entre sus compañeros, y todos querían ver la demostración de sus virtudes.

Los neurocirujanos le habían presentado el caso de una mujer joven con la sospecha de un tumor cerebral en el lóbulo frontal. Ambrose hubiera preferido realizar antes una arteriografía, pero se dejó convencer por Godfrey para utilizar la máquina por primera vez con esa paciente.-Será un acontecimiento inolvidable, un bautismo de fuego- había dicho el ingeniero, contagiando a todos de su optimismo inquebrantable. La prueba se había realizado la tarde anterior, y ahora todos esperaban la llegada del operario de EMI con las imágenes.

El reloj marcaba las 8 y cuarto. James tenía muchas dudas. Debían haber esperado a que el minicomputador funcionara. Además tenían que haber hecho más pruebas en cadáveres con lesiones tumorales y vasculares para describir correctamente su aspecto radiológico. No estaba seguro de cómo interpretaría el resultado del scanner. Lo que más le atormentaba era no haberse atrevido a utilizar contraste yodado. Estaba seguro de que hubiera ayudado a definir la lesión. Todas esas ideas se entrelazaban en un nudo que no le dejaba respirar.

Alguien entró por la puerta. Un chico pelirrojo se quedó petrificado mirando la multitud de médicos que abarrotaban la sala. -Buenos días, doctores. Traigo un paquete para el doctor Ambrose.- dijo en un tono temeroso.

James Ambrose se adelantó y firmo el recibo. Abrió la caja de cartón, sintiendo todas las miradas clavadas en su espalda. Separó los grandes sobres que contenían las imágenes impresas y rebuscó entre los envoltorios hasta que encontró lo que buscaba: una cinta con el logotipo de EMI.

Caminó hacia un enorme televisor e introdujo la cinta en una ranura lateral. El televisor comenzó a hacer ruido. James se sentó en primera fila y pidió a uno de sus residentes que apagara las luces.

Un murmullo generalizado acompañó al primer fotograma de la cinta, unos grandes números blancos sobre un fondo negro que correspondían al número de registro del estudio. La imagen permaneció estática durante unos segundos, eternos para Ambrose. Entonces comenzaron a aparecer imágenes que correspondían a los cortes más bajos del scanner. Se hizo un silencio absoluto. Cada imagen permanecía 10 segundos en pantalla, dando paso al corte inmediatamente superior. Ambrose se dió cuenta de su fracaso. Sin el contraste yodado no se distinguiría la lesión. Los cortes seguían ascendiendo dejando ver claramente los ventrículos cerebrales. Le pareció distinguir cómo el asta frontal derecha parecía de menor tamaño que la izquierda. Unos segundos después entendió el motivo. Los médicos no daban crédito a lo que veían: una lesión oscura y redondeada ocupaba el lóbulo frontal derecho. Al verla Ambrose identificó inmediatamente su composición: era negra como el agua de los ventrículos, por lo que tenía que ser quística. Las imágenes seguían pasando y la excitación de los asistentes iba en aumento. Los cirujanos discutían porque habían apostado a que la localización era frontal derecha y la imagen lo que mostraba era una localización al lado izquierdo de la pantalla. Le pedían que lo pasara otra vez y algunos se lanzaron a mover los controles.

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James buscó entonces a Hounsfield. El ingeniero le abrazó como si fuera a romperle los huesos. Se sentía como si acabara de ganar la final de la Copa del Mundo en el estadio de Wembley. -Hay que reducir los tiempos, James. Tenemos que añadir el computador, y esa matriz es demasiado grande…-James ya no le escuchaba. Estaba pensando en la nuez con la que Godfrey le había convencido para apuntarse a aquella aventura. No entendía cómo aquél hombre tan sencillo, que no había estudiado en la Universidad y que se dedicaba a fabricar transistores en el sótano de una fábrica destartalada había conseguido cambiar su profesión de la noche a la mañana. Pensó en todas las arteriografías que había hecho, y en el nuevo trabajo que se presentaba ante él.

Respiró hondo. Por el momento dejaría que los cirujanos discutieran un poco más, antes de que descubrieran que las imágenes en el scanner estaban invertidas y que la lesión era en efecto frontal derecha. Salió de la sala y por primera vez en muchos días sonrió.

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Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner episodio 1: 1969

13/ 03/ 11
ct EMI

1969

James Ambrose sorbía lentamente su taza de té mientras observaba al hombre que tenía delante. Hacía tiempo que había perdido el hilo de la conversación. Todo era culpa de Evan Lennon, un antiguo compañero suyo del Atkinson Morley’s Hospital en Londres, que ahora era el Director del Área de Radiología del Departamento de Salud. Cómo había ascendido el muy cabrón. La semana anterior le había llamado para pedirle que se entrevistara con un ingeniero llamado Hounsfield. Había sido un poco misterioso en su petición, y Ambrose entendía ahora el motivo: este hombre parecía un loco.

Godfrey Hounsfield había dejado la mesa del pub llena de papeles. Dibujaba en una servilleta de papel unos esquemas y fórmulas incomprensibles mientras hablaba de algoritmos tridimensionales y transistores. Al menos John Perry, el físico que trabajaba con Ambrose, parecía entender algo de aquella reunión.

servilleta de hounsfield

James miró por la ventana. Hacía un día de perros, la gente salía de un teatro cercano cubierta con paraguas. Él todavía tenía que ir a Wimbledon a completar algunos informes que había dejado pendientes en el hospital. Si salía pronto de allí podría recoger…

-Doctor Ambrose- Hounsfield le miraba sonriente. Un poblado bigote marcaba el final de una nariz alargada. Parecía un hombre simpático.-¿Se encuentra usted bien?-

-Perdone, señor Hounsfied, me he distraído. Creo que ya me he hecho una idea de su proyecto, muchas gracias. Puede mandarnos algún documento a nuestro despacho en el hospital, pero no estamos interesados y no quiero hacerle perder más tiempo.-Le hizo un gesto a John Perry , que parecía reacio a marcharse.

-Doctores, lo siento si me he ido por las ramas.- Hounsfield rebuscó en su bolsillo y sacó lo que parecía una nuez.- Me pierdo con los detalles técnicos y les hago perder su valioso tiempo. Sólo les pido una oportunidad para demostrarles mi proyecto. Tienen que entender que las tomografías que utilizan en su hospital son un desperdicio de rayos X. Las imágenes que obtienen son borrosas y dan menos información que dos radiografías simples ortogonales.- mientras explicaba esto colocó la nuez delante de sus caras y realizó un gesto con la otra mano rodeando su cáscara. -Lo que yo les propongo es estudiar un cuerpo tridimensional reduciendo su análisis a cortes paralelos que se puedan reconstruir en un ordenador- la nuez se abrió en dos por un corte que Hounsfield debía de haber hecho antes, dejando al descubierto el fruto interior. La imagen recordaba al corte de un cerebro humano.

Perry sonreía. James Ambrose tenía ya el abrigo puesto, pero el número de la nuez había captado su atención. Miró su reloj.
-¿Qué es lo que necesita de nosotros?- Ambrose supo en ese momento que llegaría tarde a casa.

-Cerebros, doctores. Necesito cerebros- Hounsfield rompió la cáscara y se metió la nuez en la boca.

El Lobotomobile de Freeman, por J. Eloy García

08/ 03/ 11
lobotomobile

La medicina del siglo XX está plagada de episodios que merecen ser recordados por diferentes motivos. La historia que hoy traemos contiene elementos más que suficientes para construir un excitante guión cinematográfico que nos interrogaría sobre las bondades y las miserias humanas. De hecho existe un film de 1982 protagonizado por Jessica Lange, “Frances”, que relata la vida de una de las protagonistas que aparecen a continuación y que ilustra colateralmente el asunto que abordamos.

El lobotomobile de Freeman o, la historia de un picahielos sin complejos.

En unos años en los que todavía no se habían descubierto los neurolépticos, la desesperación de los pacientes mentales y sus familias alcanzaba límites imaginables. Por todo EEUU se esparcían enormes hospitales psiquiátricos que en algunos casos mostraban el hacinamiento, la falta de recursos, y en general las condiciones infrahumanas a las que se veían sometidas estas personas. El conflicto bélico mundial iniciado en 1939 en el que este país participo de forma más que numerosa, produjo un impresionante aumento de la incidencia y la prevalencia de estos trastornos psiquiátricos empeorando la situación de forma notable.

Sea como fuere, después de que Egaz Moniz publicara el resultado de sus primeras leucotomías en 1936, inmerso en este escenario previamente descrito, el avispado Walter J. Freeman médico estadounidense nacido un 14 de noviembre de 1895 en Philadelphia (Pennsylvania), intuyó que la técnica de la lobotomía frontal transorbital que Amarro Fiamberti practicase por primera vez, bien podría ser usada por él mismo simplificando procedimientos para su aplicación masiva al margen de algunas consideraciones científicas o éticas.

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Freeman, neurólogo de formación, compartía un consultorio en Washington con James W. Watts neurocirujano del que dependía a efectos de la práctica quirúrgica. Así es que la craneotomía con todas sus complicaciones fue sustituida por el abordaje transorbital. La técnica se desarrollaba durante los minutos en los que el enfermo permanecía inconsciente tras aplicarle las corrientes del electroshock, y consistía en introducir el punzón evitando el globo ocular y ciñéndose al tabique nasal accediendo así a la zona ósea más débil en el techo de la órbita. Una vez allí, unos golpes en el extremo del incisivo instrumento conseguían abrir paso al interior del cráneo. Introducido ya hasta el punto adecuado, se hacían unos movimientos laterales que seccionaban la conexión de los lóbulos frontales con el tálamo. La herramienta se retiraba límpiamente y el trabajo estaba terminado. La actuación era endemoniadamente rápida, tan solo duraba tres minutos. El procedimiento se podía repetir en varias ocasiones dependiendo de la supuesta gravedad del paciente.

El entusiasta y ambicioso Freeman carecía del título de cirujano, pero además tampoco necesitaba de quirófano, asepsia, anestesista, ni instrumental quirúrgico especial. El propio hijo del Dr. Freeman, reconoce en un vídeo que alguno de esos picahielos pasó directamente de la cocina al maletín de médico de su padre. Existe incluso alguna fotografía en la que se le ve usando una especie de maza para romper nueces en lugar de la herramienta apropiada para golpear el orbitoclasto, como así se llamaría el punzón refinado que Freeman diseñó a tal efecto.

Pasado un tiempo, Freeman y Watts dejaron de trabajar juntos por desavenencias respecto la forma de intervenir tan despreocupada e irresponsable de que hacía gala Freeman. Se cuenta que cierto día estando éste en plena faena con un paciente al que ya le había introducido ambos punzones, entró Watts en la habitación y el propio Freeman le pidió que le tomara una foto mientras posaba al lado del paciente a punto de serle practicada la ablación. A su colega aquella situación debió parecerle insuperable y se marchó de allí sin tomar la foto. Así mismo dicen que Freeman a menudo se jactaba de su destreza y cambiaba de mano para hacer demostraciones ante los que colaboraban con él en la cirugía, o los médicos que lo observaban para instruirse en la técnica.

La abnegación de Freeman llevó a que la lobotomía se hiciera tan popular como para ser requerido en diferentes hospitales y estados de costa a costa. Supo usar muy bien los medios de comunicación de masas, y de hecho, se trasladaba en una furgoneta que llamó lobotomobile, llegando a hacer demostraciones en una buena parte de los psiquiátricos del país. En su día se le acusó de hacer esto en lugares absolutamente inapropiados como la habitación de un hotel.

Conforme la técnica del picahielos ganaba adeptos, las intervenciones se multiplicaban y por ello llegaba a pedir por teléfono, antes de llegar a los hospitales, que dispusieran a los pacientes en hilera con el fin de realizar en cadena todas las cirugías que se habían programado. Tales aberraciones fueron extendidas a muchos pacientes para los cuales no había otro remedio y a los que tras la cirugía, se les daba unas gafas oscuras para ocultar los hematomas con lo que terminaba todo el tratamiento.

Los niños tampoco se libraron del punzón del Dr. Freeman, y es famoso el caso de un conductor de autobús de San José (California) llamado Howard Dully que plasmó su experiencia en un libro titulado Mi lobotomía. Al igual que otros varios cientos de pacientes, continúa con vida después de que a los doce años cambiara su existencia para siempre.

howard dully

Entre los pacientes famosos de Freeman se encuentra también una joven de la familia estadounidense de políticos por excelencia: Rosemary Kennedy. Fue intervenida a los 23 años, y a pesar de su estatus social y económico no logró encontrar un tratamiento mejor para sus problemas mentales, de hecho nunca se recuperaría. Existe una anécdota ligada a Frances E. Farmer, la famosa actriz de Seattle (Washington). De elegante belleza y desgraciada vida salpicada de desórdenes, adicción al alcohol, y altercados con la policía; fue diagnosticada de psicosis maniaco-depresiva y posteriormente de esquizofrenia paranoide. Los hechos hacen referencia a que probablemente Freeman le habría practicado una lobotomía, aunque existen testimonios contradictorios en lo que a este punto se refiere.

Walter Jackson Freeman I, padre de nuestro protagonista, fue un médico de éxito en su tiempo. Su abuelo materno, William Williams Keen, llegó a ser presidente de la American Medical Association. Es posible que Freeman lastrado por el legado brillante de una familia de médicos, estuviera más preocupado por su gloria que por encontrar un buen tratamiento para sus pacientes. Con el tiempo, el esplendor de su carrera comenzó a tocar fin. La era de la psicofarmacología había llegado, eran los años 50. Su actividad comenzó cada vez a ser más cuestionada y la aplicación de su método terminó por desterrarse.

Se estima que entre 40.000 y 50.000 personas en EEUU fueron lobotomizadas desde el año 1936 al 1967 en el que se efectuó la última de estas increíbles intervenciones. La muerte de Freeman ocurrió en mayo del 1972, dejando para la historia un record personal de aproximadamente 3.600 lobotomías. Como nota positiva recordar que Freeman se ocupó de hacer un importante seguimiento de sus pacientes incluso muchos años después de ser operados, haciendo un esfuerzo por visitarlos y mantener el contacto allí donde se encontrasen.

La información recopilada está en las siguientes páginas web consultadas el 20-2-2011:

http://psiquiatrianet.wordpress.com/tag/lobotomias/

http://vodpod.com/watch/3006319-howard-dully-lobotomizado-a-los-12-aos

http://en.wikipedia.org/wiki/Walter_Freeman_(neurologist)

http://en.wikipedia.org/wiki/Orbitoclast

http://www.ome-aen.org/2005_06_19_insoliteces.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Frances_Farmer

http://www.dreamindemon.com/forums/archive/index.php/t-29563.html

J. Eloy García G.

Madison, Wisconsin. Ahora mismo.

26/ 02/ 11
Capitolio de Wisconsin

Imaginemos que el gobernador republicano de un estado del Medio Oeste, con el pretexto de la crisis y el disbalance presupuestario, elabora un proyecto de ley para suprimir la negociación laboral colectiva de los empleados públicos, limitar los derechos sindicales, mermar o anular pensiones y elevar el pago del seguro médico.

Imaginemos que 80.000 personas salen a la calle para defender sus derechos y que durante días y días entablan un pulso con el poder político. Y que la protesta se extiende por el país.

Imaginemos que los 14 senadores del partido demócrata, en un intento desesperado de frenar la votación de la ley, desaparecen. Y que la policía es enviada a sus casas y sólo encuentra habitaciones vacías, porque los senadores han abandonado el Estado.

Imaginemos que el pueblo entra y ocupa el Capitolio de la capital del estado, y que la policía, enviada para expulsarlos, se une a su lucha porque “gobernador Walker, usted ha pensado que esta es su casa, pero realmente es la nuestra”.

Imaginemos que Ian’s Pizza, un pequeño local de Wisconsin, recibe una llamada desde Egipto, encargando pizzas para que sean entregadas a los manifestantes, en solidaridad con su causa. Y que luego llaman desde Finlandia. Y desde Nueva Zelanda. Y desde México.

Imaginemos que en este extraño inicio de año, no sólo los pueblos de África y de Asia se hacen conscientes de su poder.

Y si no queremos imaginar, démosle al play y recordemos cómo empieza el texto constitucional de los Estado Unidos: “Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos…”

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Legislación

22/ 02/ 11
Morvan en Morgue File

Perfectina salía de la consulta del neurólogo, acompañada por su hija mayor. Estaba enfadada porque el médico le había dicho que estaba mejor que en la visita anterior. Ni una sola pastilla nueva. Le gustaba más el señor que le atendía antes.
-¿Te fijaste en que mala cara tenía el chico éste?-le dijo Perfectina a su hija Covadonga.
-¿Qué chico?¿El neurólogo?.
-Si. Ayer vi un documental sobre drogas y decían que ahora toman drogas hasta los médicos y abogados. Pero puedes distinguirlos porque tienen esa cara de no haber dormido, lo ojos rojos y muy mal carácter porque necesitan más dosis. Es la cocaína, Covadonga. Creo que este médico toma cocaína- Perfectina se detuvo mientras decía esto último.
-Por favor, mamá, si vas a decir estupideces así baja la voz. El médico no está así por la cocaína, es por la OPE.
-OPE, cocaína, qué más me da. Es una vergüenza que un médico sea un drogadicto, hija- Varias personas comenzaban a escuchar la conversación intrigados.
-Que no, mamá. Que la OPE no es una droga. Es una oposición para sacar plaza fija. En Asturias hace más de diez años que no sale una oposición de este tipo, y ahora se juegan las plazas en un examen, así que no deben de descansar mucho- Covandoga le explicaba a su madre mientras tiraba de su brazo para salir de la sala de espera.
-Pues qué quieres que te diga, no creo yo que le vaya a salir mejor el examen por tomar cocaína- Perfectina miró el pasillo y caminó deprisa. No le gustaba el olor de las salas de espera.
Escenas como esta se repiten estos días en nuestras consultas. Tras años de espera por fin ha llegado la OPE a y son muy pocas las plazas ofertadas. Como Neurología ha sido de las primeras en convocarse, iremos publicando las preguntas del examen periódicamente. Empezamos hoy por las preguntas de legislación.

Si queréis las preguntas y las respuestas correctas en PDF pulsad este enlace, si queréis entrenaros con nosotros probad con el test pulsando en “seguir leyendo”. ¡Suerte!

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The Life Aquatic with Steve Zissou

09/ 02/ 11
lifeaquatic

The Life Aquatic with Steve Zissou

-Niños, abrid el libro por la lección 10, “Cómo hacerme de oro con una película”- dijo el profesor Bruckheimer. -Wes, espero que hayas estudiado las claves del éxito de una producción cinematográfica.
-Si señor. Se trata de buscar un punto de vista diferente sobre una situación común con la que el espectador se pueda sentir identificado. Crear un guión original que mantenga al público pegado a la butaca deseando saber hacia dónde girará la historia hasta el último fotograma. Acompañarlo de una fotografía y una banda sonora de calidad te puede llevar al paseo de la fama.- El joven sonreía orgulloso.

El profesor Bruckheimer miró fijamente a su pupilo. Se acercó de forma decidida a él, y antes de que Wes pudiera reaccionar le golpeó en la mejilla con una sonora bofetada. No fue un golpe muy fuerte, pero el tremendo ruido heló la sangre de los asistentes.
-Michael, por favor, ¿cuáles son las cuatro claves del éxito de una película?.
- Tetas, culos, pistolas y robots-respondió automáticamente un niño rubio desde la primera fila.
-Gracias, Michael. Menos mal que alguien escucha lo que digo. Dios, esto es tan deprimente. Creo que me voy a pasar a la televisión.
Jerry Bruckheimer salió del aula frotándose las sienes.

Años después de esta clase ficticia Michael Bay descansa en su mansión de Miami rodeado de los mayores lujos del planeta. Se prepara para el lanzamiento internacional de la tercera parte de Transformers, pensando en qué hacer con los más de 800 millones de dólares que espera recaudar.

Wes Anderson no ha tenido nunca un éxito como el de Transformers, y su nombre es completamente desconocido para el gran público. Sin embargo puede presumir de haber firmado 8 películas como guionista y director que rompen completamente con los esquemas de las grandes productoras de Hollywood. No sabemos si algún productor se atreverá a financiar la novena.

Hoy os recomendamos una película de este director: Life Aquatic. Una película extraña que probablemente os aburra y horrorice. Sólo conozco una persona a la que le guste y se atreva a reconocerlo.

zissou

Aún así tiene algo que la hace especial y digna de un espacio en este blog. Es una obra de artesanía que combina de forma natural el drama y la comedia. Cuenta con la magnífica actuación de Bill Murray y un elenco de secundarios de lujo, un guión imprevisible, una banda sonora imprescindible tanto por sus composiciones originales como por las versiones de Seu Jorge de canciones de David Bowie, y una fotografía de colores saturados que parece sacada de un anuncio de moda.
Y además salen tetas, culos, pistolas y robots. Si tenéis el día tonto y nada mejor que hacer subíos al Belafonte.

Enlaces de interés:

Trailer en Apple
Banda sonora en Spotify
Seu Jorge en Spotify.
Seu Jorge en BitTorrent
Life aquatic en descarga directa
Life Aquatic en Amazon:

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