Entradas en March de 2011

El arte del título

27/ 03/ 11

Uno de nuestros blogs favoritos, Art of the title, preside el jurado del premio al mejor dise√Īo de t√≠tulos de cr√©dito en el festival de cine SXSW en Austin, Texas. Antes de presentar las cabeceras nominadas de este a√Īo colgaron este v√≠deo con las mejores de todos los tiempos. A ver qu√© os parecen. Este a√Īo han premiado a Blue Valentine con el premio del jurado y del p√ļblico. Hab√≠a una buena competencia, con The Other Guys, The Losers, o Adventure Time . Os dejamos con una recopilaci√≥n de las 50 mejores de todos los tiempos. ¬ŅOs parece que falta alguna?

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Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner Episodio Final: 1979

26/ 03/ 11
TC

10 de Diciembre de 1979, Ayuntamiento de Estocolmo

“Inventas vitam juvat excoluisse per artes”. Godfrey pasaba sus dedos sobre la inscripci√≥n de la medalla. Necesitaba un rato de descanso. Un minuto sin protocolo, felicitaciones o apretones de manos. Hounsfield estaba muy orgulloso de sus inventos, particularmente del EMI Scanner. Le hac√≠a feliz ver c√≥mo los radi√≥logos u otros m√©dicos disfrutaban con las im√°genes del TAC. Sin embargo se sent√≠a muy inc√≥modo cuando los halagos iban dirigidos hacia √©l. Nunca hab√≠a sido vanidoso. Que un rey de Suecia le entregase un premio Nobel y miles de personas le aplaudiesen como a una estrella de rock era m√°s de lo que un hombre sencillo como Godfrey Hounsfield era capaz de asimilar. Estaba desbordado por emociones contradictorias.

Le habr√≠a gustado compartir el premio con su amigo Ambrose. Hounsfield sab√≠a que si hab√≠an conseguido llevar a cabo la comercializaci√≥n del scanner era en gran parte gracias a la difusi√≥n que James hab√≠a realizado entre los radi√≥logos de todo el mundo. Juntos hab√≠an disfrutado en el proceso de dise√Īo de las primeras m√°quinas. Los consejos de Ambrose hab√≠an sido imprescindibles en el desarrollo del scanner, y Godfrey lamentaba profundamente que no se le hubiera reconocido en el premio. Record√≥ una tarde casi 10 a√Īos atr√°s, el d√≠a que conoci√≥ a Ambrose. Godfrey buscaba la colaboraci√≥n de un radi√≥logo para el desarrollo del scanner. Varios especialistas le dieron largas y probablemente lo tomaron por un loco. Hab√≠a pensado que el encuentro con Ambrose terminar√≠a con el mismo resultado, no parec√≠a interesado. Pero algo debi√≥ de hacer cambiar de opini√≥n al radi√≥logo en el √ļltimo momento. James le pidi√≥ a Godfrey que le acompa√Īara a su despacho del Hospital Atkinson’s Morley sin explicarle la raz√≥n. Cuando llegaron, Ambrose le dio a Hounsfield una caja muy pesada que conten√≠a un cerebro humano con un tumor. Se lo alarg√≥ a Godfrey y le dijo: “demu√©strame que puedes hacer lo que dices”.

Al d√≠a siguiente Godfrey se present√≥ radiante en el Servicio de Radiolog√≠a preguntando por James Ambrose. Cuando el radi√≥logo vio la fotograf√≠a del scanner mir√≥ a Hounsfield sin poder articular palabra. Era una revoluci√≥n. Y Hounsfield no se hab√≠a dado cuenta de la verdadera trascendencia de su invento hasta que conoci√≥ a Ambrose. Aquellos hab√≠an sido los mejores a√Īos.

Mir√≥ hacia los premiados. Poco a poco se fue acercando a ellos, completamente distra√≠do. Se qued√≥ mirando a Arthur Lewis, que tambi√©n estaba un poco apartado del grupo principal. Estaba sentado en un banco del Sal√≥n Azul, mientras un coro cantaba una pieza que Godfrey no conoc√≠a. El ganador del premio Nobel de Econom√≠a era un hombre simp√°tico de unos sesenta y tantos a√Īos que daba clases de Econom√≠a en Princeton. Hounsfield estaba sorprendido por el hecho de que fuera negro, algo que seguro que hab√≠a supuesto una enorme dificultad en el mundo universitario de aquella √©poca. Arthur era brit√°nico, aunque hab√≠a nacido en Santa Luc√≠a (por aqu√©l entonces colonia brit√°nica). Hac√≠a unos a√Īos hab√≠a sido nombrado caballero. Lleg√≥ a su lado y le salud√≥. Arthur lo mir√≥ con unos ojos peque√Īos escondidos detr√°s de unas gruesas gafas negras. Le sonri√≥ amablemente.

-¬ŅAs√≠ que usted es que el genio que ha inventado el scanner?

-Eso dice ese se√Īor con corona- dijo Hounsfield se√Īalando al Rey Carlos Gustavo. -Usted debe ser el economista de los pobres.

Sir Arthur soltó una carcajada. -Sí, ese debo ser yo. No creo que haya muchos por aquí con esa profesión tan rentable.-Arthur Lewis miraba la caja donde guardaba la medalla, el diploma que les habían entregado en la ceremonia. Sacó la medalla y se la colgó. -Sabe, tengo un amigo al que le han realizado un scanner esta semana.-

-Vaya, espero que no sea nada grave- Godfrey supo por la expresión del economista que la cosa no pintaba muy bien.

-Le han dicho que tiene un c√°ncer de pulm√≥n. Creo que es peque√Īo y que pueden operarlo. En las radiograf√≠as no lo ten√≠an claro, algunos radi√≥logos pensaban que era una tuberculosis, pero no se pon√≠an de acuerdo. Le hicieron un scanner y ahora les parece un c√°ncer.- Arthur miraba a Godfrey, que no sab√≠a qu√© decir.- Dentro de alg√ļn tiempo, cuando alguien estudie la econom√≠a en los pa√≠ses en v√≠as de desarrollo estudiar√°n mi trabajo. En algunas universidades se hablar√° de m√≠, y a lo mejor una de mis aportaciones conseguir√° mejorar la vida de algunas personas. Yo no se cu√°l ser√° mi lugar en la Historia, la verdad. Lo que s√≠ que se es que su invento, se√Īor Hounsfield, cambiar√° la vida de mucha gente. Ha conseguido usted que veamos el interior del cuerpo humano sin necesidad de abrirlo en una mesa de quir√≥fano. No se qu√© clase de cerebro debe de tener usted para que pudiera inventar semejante aparato, pero est√° claro que la inscripci√≥n de esa medalla habla de usted.- Lewis se√Īal√≥ con el dedo.

nobel

Godfrey se fij√≥ en que su medalla era diferente de la de Lewis. Aunque la cara de Alfred Nobel aparec√≠a en ambas medallas el reverso era diferente. En la de Arthur estaba representaba una estrella en su parte central, con rayos saliendo de ella de forma radial. La de Godfrey en cambio mostraba una figura cl√°sica sujetando un ni√Īo con una mano, mientras con la otra recog√≠a agua de una roca. Las inscripciones tambi√©n eran diferentes.

-Es de la Eneida, de Virgilio- Arthur se√Īal√≥ la inscripci√≥n de la medalla de Hounsfield.- “Inventas vitam juvat excoluisse per artes”. No soy un experto en lat√≠n, pero creo que el pasaje viene a decir “aquellos que mejoran la vida en la Tierra con sus inventos”.

Godfrey se qued√≥ pensativo. Hab√≠a mucha gente que hab√≠a trabajado con √©l en aquel proyecto. C√≥mo le hubiera gustado compartirlo con ellos. Sin darse cuenta empez√≥ a pensar en los planos que le envi√≥ un amigo suyo de General Electrics. Arthur sigui√≥ hablando, pero Hounsfield s√≥lo le dedicaba una peque√Īa parte de su capacidad de atenci√≥n, estaba pensando en c√≥mo aplicar una espiral al movimiento del cabezal. Quiz√° as√≠ podr√≠a disminuir el tiempo de adquisici√≥n sin producir demasiados artefactos…

Epílogo

hounsfield

Estos cuatro art√≠culos sobre la vida de Godfrey Hounsfield son relatos de ficci√≥n, aunque est√°n basados en la vida real del ingeniero brit√°nico. Esperamos que hay√°is disfrutado de nuestro peque√Īo homenaje a este hombre extraordinario, y a una √©poca de pioneros de la radiolog√≠a en general, y de la neurorradiolog√≠a en particular. Aqu√≠ os dejamos parte de la bibliograf√≠a utilizada por si est√°is interesados, y un incre√≠ble documental sobre los primeros a√Īos del scanner.

CT scanning the early days

Obituaries: Sir Godfrey Hounsfield

Nobel Lecture, 8 December, 1979, by Godfrey Hounsfield

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Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner Episodio 3: 1972

19/ 03/ 11
emi HQ

Oficinas centrales de EMI en Londres

Godfrey Hounsfield esperaba a la entrada de la sala de juntas de las oficinas londinenses de EMI. Aquella ma√Īana se reunir√≠an para hablar de los planes de comercializaci√≥n del Scanner que Hounsfield y su equipo hab√≠an desarrollado los √ļltimos a√Īos.

Se sentía bastante cansado. Acababa de llegar de un largo viaje a Chicago. James Ambrose había presentado el Scanner ante la Sociedad Radiológica de Norteamérica en el lujoso hotel Hilton Palmer House. Sentado en aquella incómoda butaca, bajo un retrato gigante de Paul McCartney, pensó que ver a James presentando la máquina ante aquella marabunta de radiólogos se parecía bastante a una actuación de los Beatles.

A pesar de la enorme expectaci√≥n despertada por el scanner Godfrey no estaba satisfecho. Sab√≠a que la m√°quina ten√≠a que mejorar mucho antes de sacarla al mercado. Hasta ahora s√≥lo hab√≠an fabricado 5 aparatos, todos ellos encargados por el Departamento de Salud, basados en el prototipo original. Ten√≠a que conseguir reducir el tiempo de escaneado sin perder en resoluci√≥n, y probablemente con aumentar el n√ļmero de detectores no fuese suficiente. Adem√°s ten√≠a que mejorar las computadoras de las consolas para que el porcesado fuera m√°s r√°pido.

El problema era que todo eso aumentaría el precio de la máquina, y no sabía si la junta de EMI lo aprobaría. La empresa había conseguido un enorme superávit con las ventas de discos de The Beatles, así que tenían dinero de sobra en sus arcas listo para gastar. Godfrey esperaba el apoyo de Leo Brodway, jefe del Laboratorio de Investigación, aunque éste siempre intentaba recortar (sin demasiado éxito) los costes de sus experimentos.

En la sala de juntas, vac√≠a a√ļn, las √ļltimas notas de “Blackbird” dejaban paso a “Piggies”. Enseguida reconoci√≥ el White Album de los Fab Four, su disco favorito junto con Abbey Road. Estaba tan concentrado escuchando “Rocky Racoon” que no oy√≥ las pisadas de los directivos que se acercaban.

emi logo

A la cabeza de todos iba John Powell, que pas√≥ a su lado a toda velocidad dedic√°ndole una sonrisa que le hel√≥ la sangre. Powell era directivo de Texas Instruments y hab√≠a sido el fichaje estrella de la c√ļpula directiva de EMI el a√Īo anterior. Era un tibur√≥n de las finanzas. Godfrey pensaba que la reuni√≥n ser√≠a algo informal entre t√©cnicos y comerciales, por lo que no esperaba la presencia del nuevo Director T√©cnico. Tuvo un mal presentimiento. Entre el grupo que segu√≠a al director estaba su amigo Don Tyzack, que ven√≠a hablando con Leo Brodway. Aliviado por encontrarse con alguien de confianza Hounsfield se acerc√≥ a ellos. Tyzack le estrech√≥ la mano cordialmente, pero Brodway le evit√≥ de forma poco disimulada. Don trat√≥ de quitarle hierro al asunto cont√°ndole a Godfrey una an√©cdota del laboratorio, pero todos sus sistemas de alerta estaban ya activados. Algo iba muy mal. Mientras entraban en la sala sac√≥ una p√≠ldora para la acidez de est√≥mago y se la trag√≥.

La primera hora de la reuni√≥n fue un castigo insoportable para Hounsfield. Un contable al que nunca hab√≠a visto antes hac√≠a un repaso exhaustivo de los gastos de cada uno de los proyectos principales. El cap√≠tulo dedicado al EMI Scanner le hab√≠a parecido indignante. En ning√ļn momento hac√≠a referencia a los fondos proporcionados por el Departamento de Salud, por lo que el balance del proyecto ofrec√≠a un d√©ficit escandaloso. Era inadmisible. Godfrey iba a intervenir, pero en ese momento John Powell se puso en pie.

-Se√Īores, me he cansado de perder el tiempo. Todos sabemos lo que vamos a discutir aqu√≠. La pregunta no es si el Scanner del se√Īor Hounsfield es algo caro, muy caro o desorbitadamente caro, porque esa pregunta se la puedo contestar a todos ustedes ahora mismo: es “medio-mill√≥n-de-libras” caro. La pregunta que vamos a contestar hoy aqu√≠ es: ¬Ņvamos a gastar el dinero de EMI en este cacharro o no?- John Powell se qued√≥ mirando fijamente a los sorprendidos asistentes, haciendo un gesto con las manos que invitaba a tomar la palabra.

Godfrey estaba mareado. Jam√°s se le hab√≠a pasado por la cabeza que EMI no fuera a comercializar el Scanner. Ten√≠a sus dudas sobre los recortes en materiales, n√ļmero de detectores, tama√Īo‚Ķ pero no se hab√≠a imaginado que la empresa pudiera decidir no fabricarlo. Busc√≥ otra pastilla en su bolsillo, pero el bote estaba vac√≠o.

Nadie tomaba la palabra. Hounsfield vio como varias personas miraban a Brodway, quien al ver que nadie tomaba la palabra se puso en pie.

-Creo que hablo por todos aqu√≠ al decir que el TAC es una m√°quina revolucionaria. De eso nadie tiene ninguna duda. Pero si me pregunt√°is si es el producto que m√°s le conviene a EMI os dir√© que mi opini√≥n es que no. Y os dir√© los dos motivos por los que nos puede llevar a la ruina comercializar este producto tan caro: la primera es que EMI nunca se ha dedicado al mercado de la medicina. Fabricamos peque√Īos aparatos electr√≥nicos y m√°quinas para el ej√©rcito. Conocemos esos mercados y en ellos nos movemos como peces en el agua. Pero ¬Ņqu√© sabemos nosotros de la medicina? Tendr√≠amos que dedicar much√≠simos recursos s√≥lo a investigar las caracter√≠sticas y necesidades de los hospitales. Es demasiado arriesgado.- Leo mir√≥ a su alrededor asintiendo con la cabeza como si buscara la aprobaci√≥n de los dem√°s. Varios de los ejecutivos le respondieron con el mismo gesto. Powell sigui√≥ con su argumento -La segunda raz√≥n es el mercado americano. La √ļnica forma de amortizar la inversi√≥n es vender en Am√©rica, y eso si que es un mercado desconocido para nosotros. No tenemos sucursales all√≠. Ser√≠a un caos organizativo dividirnos a cada lado del Atl√°ntico. Es un pez demasiado grande para nosotros.- Hounsfield no daba cr√©dito a lo que o√≠a.

-Leo, no lo entiendo. ¬ŅQu√© es lo que quieres?¬ŅQue desinventemos la m√°quina? El Departamento de Salud nos ha encargado cinco m√°s, ¬Ņvan a ser las √ļltimas? ¬Ņo es que tampoco quieres que hagamos esas?.No entiendo nada.- se sent√≠a derrotado. Clav√≥ su mirada en Brodway, pero √©ste no se atrev√≠a a mirarle a los ojos. A su lado Don Tyzack parec√≠a indignado y miraba fijamente a la mesa.

-Lo que propongo es licenciar la m√°quina a otras compa√Ī√≠as y cobrarles un porcentaje de los beneficios. “No libres batallas que no puedas ganar” Sun Tzu, Arte de la Guerra- dijo Leo Brodway mirando hacia John Powell en la cabecera de la mesa. Godfrey se imagin√≥ por d√≥nde le meter√≠a el arte de la guerra al Jefe de Investigaci√≥n, incluso c√≥mo se ver√≠a el resultado de esa intervenci√≥n en un scanner, pero no lleg√≥ a decirlo en voz alta. Powell medi√≥ al ver que sub√≠a la tensi√≥n del ambiente.

-Muchas gracias por su colaboraci√≥n, Brodway. ¬ŅAlguien m√°s quiere aportar algo?- dijo Powell mirando de unos a otros.

Housnfield vió como Tyzack miraba hacia él gesticulando disimuladamente pidiéndole que se calmara. Godfrey pensó en levantarse y dejar la reunión. Pasaron unos segundos antes de que nadie hablara.

-Entonces voy a tomar la palabra y explicaros mi opini√≥n. Yo creo que llegar√° un d√≠a en que cualquier neur√≥logo o neurocirujano tendr√° el deber moral de realizar un scanner a sus pacientes antes de hacer cualquier diagn√≥stico o tratamiento. Tenemos que invertir para hacer que ese d√≠a llegue. Y debemos ser nosotros quienes controlemos toda la producci√≥n de nuestros aparatos, nada de licencias. Hay dos importantes razones para hacerlo. La primera es que no tenemos ning√ļn producto m√©dico y ya es hora de independizarnos de las ganancias m√ļsica, as√≠ que radiolog√≠a me parece un buen comienzo. Ser√° un caballo de Troya para extendernos al campo del equipamiento m√©dico: ordenadores, radioterapia‚Ķ La segunda raz√≥n es Am√©rica. ¬ŅConocen la historia de los dos vendedores de zapatos?- Nadie contest√≥, pero hab√≠a captado la atenci√≥n de toda la sala.- Una empresa de zapatos de Manchester envi√≥ a principios de siglo a dos vendedores a Africa, para intentar exportar su producto a las colonias inglesas. El primero de los vendedores escribi√≥ un telegrama a su jefe: “situaci√≥n desesperada. Stop. Nadie usa zapatos”. Poco despu√©s el segundo escribi√≥ otro telegrama: “Incre√≠ble oportunidad. Nadie tiene zapatos todav√≠a”. Creo que todos sabemos cu√°l de los dos vendedores es usted.- Powell miraba condescendientemente a Brodway, que se deshinchaba poco a poco en su asiento.

-¬ŅAlguien se ha tomado la molestia de hacer un predicci√≥n de ventas en los Estados Unidos?- Powell caminaba rodeando la mesa.

Un ayudante de Brodway buscaba en sus libretas de forma fren√©tica mientras ped√≠a la palabra.-Hemos calculado que podr√≠amos llegar a cinco los primeros dos a√Īos, se√Īor Powell.-

-Se√Īor Brandt, ¬Ņest√° usted seguro de que le llega bien la sangre al cerebro? Ha sacado esos datos de la misma carpeta de ideas brillantes que Leo Brodway.- √Čste estaba rojo de ira, pero no se atrevi√≥ a decir nada.

-Pero es la previsión que nuestros analistas…- Powell no le dejó acabar.

-¬ŅAlguien sabe decirme cu√°ntos hospitales hay en Estados Unidos?- El Director T√©cnico segu√≠a caminando alrededor de la mesa mientras esperaba la respuesta.

-1500, se√Īor Director.- Brandt intentaba resarcirse.

-A día de hoy Estados Unidos cuenta con más de 7000 hospitales.- Powell parecía perder la paciencia. РDe esos 7000 centros 500 son grandes hospitales con más de medio millar de camas.- Tomó aliento y se quedó mirando fijamente a Hounsfield.

-Supongamos que s√≥lo 1 de cada 3 de estos hospitales decide comprarnos un scanner. Estar√≠amos hablando de m√°s de 100 m√°quinas. Y creedme, una vez que un hospital adquiera el aparato, los centros del mismo tama√Īo tambi√©n querr√°n que el t√≠o Sam les regale uno a ellos. Ser√° como una epidemia. Podemos conquistar Am√©rica con su m√°quina, Doctor Hounsfield.- Powell sonre√≠a satisfecho.

-No soy Doctor, se√Īor Powell- fue como un resorte en su interior el que contest√≥.

-¬ŅC√≥mo dice?- el Director T√©cnico segu√≠a sonriendo.

-Que sólo soy un técnico, yo no he ido a la Universidad, ni soy Doctor.- Godfrey se preguntaba si detrás de esa primera fila de dientes habría más hileras de afilados colmillos.

-Hounsfield, si su scanner vende la mitad de lo que pienso que puede vender, por lo que a mi respecta no sólo es Doctor Cum Laude sino que yo mismo lo nombro Caballero de la Mesa Redonda. Así que coja sus cosas, baje al laboratorio, y prepare esa preciosidad para freír cerebros yankees que yo me encargo de que estos chupatintas voten a favor.- Powell volvió a su sitio silbando una canción que Hounsfield era incapaz de reconocer.

white album

Godfrey mir√≥ alrededor. Casi todos parec√≠an tan extra√Īados como √©l por lo que acababan de presenciar. Tyzack le sonre√≠a, Brodway y su ayudante no levantaban la cabeza de sus papeles. Pens√≥ que ser√≠a mejor hacer caso a Powell as√≠ que cogi√≥ sus carpetas y se levant√≥. Mientras atravesaba las puertas se dio cuenta de que todav√≠a sonaban The Beatles en la sala, era la versi√≥n r√°pida de “Revolution”, la cara B de “Hey Jude”. La del disco blanco no le gustaba, era demasiado lenta. Probablemente por eso no la hab√≠a reconocido en los silbidos de Powell.

Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner Episodio 2: 1971

16/ 03/ 11
primer tC

Atkinson Morley’s Hospital, Londres 1971

James Ambrose comenz√≥ a sentir una fuerte presi√≥n sobre su hombro izquierdo. Un sudor fr√≠o le recorr√≠a la frente. Nunca en su vida hab√≠a estado tan nervioso. A su lado estaban sentados el equipo de neurocirujanos del Atkinson Hospital. Los m√°s j√≥venes parec√≠an intrigados, pero los cirujanos de m√°s edad daban muestras de impaciencia. James lo ve√≠a claro: se hab√≠an precipitado al estrenar la m√°quina. No estaba preparada. Mir√≥ hacia el fondo de la sala y encontr√≥ la cara siempre sonriente de Godfrey Hounsfield. ¬ŅC√≥mo pod√≠a sonre√≠r en aquellas circunstancias?

Durante los dos √ļltimos a√Īos hab√≠an trabajado sin descanso en la idea de Godfrey. Primero con el modelo primitivo usando cabezas de animales, o cerebros que Ambrose consegu√≠a en la Universidad. M√°s tarde con el prototipo encargado por el Departamento de Salud. Hac√≠a meses que la m√°quina estaba terminada, pero Hounsfield siempre pensaba en nuevos ajustes para conseguir mejores resultados.

Habían hecho muchas pruebas, incluso el propio Godfrey se había metido bajo el arco en varias ocasiones. Los resultados eran espectaculares, de eso no había duda. Las pocas personas que habían visto las imágenes habían quedado asombradas. Aquel invento revolucionaría la medicina. El problema era el tiempo.

La m√°quina era muy lenta. Tardaba s√≥lo 5 minutos en tomar las im√°genes, pero lo tedioso era el procesado. Un operario llevaba en una cinta los datos del scanner desde el Atkinson Morley’s a las laboratorios de EMI, donde un ordenador ICL 1905 trabajaba toda la noche preparando las im√°genes. Hounsfield estaba trabajando en un miniordenador que reducir√≠a los tiempos de procesado, pero todav√≠a no estaba listo.

Aquella ma√Īana se hab√≠a reunido casi todo el departamento de Neurocirug√≠a, alg√ļn neur√≥logo y por supuesto todos los radi√≥logos del Hospital en la antigua sala de sesiones. La misteriosa m√°quina de Ambrose y Hounsfield hab√≠a despertado gran expectaci√≥n entre sus compa√Īeros, y todos quer√≠an ver la demostraci√≥n de sus virtudes.

Los neurocirujanos le habían presentado el caso de una mujer joven con la sospecha de un tumor cerebral en el lóbulo frontal. Ambrose hubiera preferido realizar antes una arteriografía, pero se dejó convencer por Godfrey para utilizar la máquina por primera vez con esa paciente.-Será un acontecimiento inolvidable, un bautismo de fuego- había dicho el ingeniero, contagiando a todos de su optimismo inquebrantable. La prueba se había realizado la tarde anterior, y ahora todos esperaban la llegada del operario de EMI con las imágenes.

El reloj marcaba las 8 y cuarto. James tenía muchas dudas. Debían haber esperado a que el minicomputador funcionara. Además tenían que haber hecho más pruebas en cadáveres con lesiones tumorales y vasculares para describir correctamente su aspecto radiológico. No estaba seguro de cómo interpretaría el resultado del scanner. Lo que más le atormentaba era no haberse atrevido a utilizar contraste yodado. Estaba seguro de que hubiera ayudado a definir la lesión. Todas esas ideas se entrelazaban en un nudo que no le dejaba respirar.

Alguien entró por la puerta. Un chico pelirrojo se quedó petrificado mirando la multitud de médicos que abarrotaban la sala. -Buenos días, doctores. Traigo un paquete para el doctor Ambrose.- dijo en un tono temeroso.

James Ambrose se adelantó y firmo el recibo. Abrió la caja de cartón, sintiendo todas las miradas clavadas en su espalda. Separó los grandes sobres que contenían las imágenes impresas y rebuscó entre los envoltorios hasta que encontró lo que buscaba: una cinta con el logotipo de EMI.

Caminó hacia un enorme televisor e introdujo la cinta en una ranura lateral. El televisor comenzó a hacer ruido. James se sentó en primera fila y pidió a uno de sus residentes que apagara las luces.

Un murmullo generalizado acompa√Ī√≥ al primer fotograma de la cinta, unos grandes n√ļmeros blancos sobre un fondo negro que correspond√≠an al n√ļmero de registro del estudio. La imagen permaneci√≥ est√°tica durante unos segundos, eternos para Ambrose. Entonces comenzaron a aparecer im√°genes que correspond√≠an a los cortes m√°s bajos del scanner. Se hizo un silencio absoluto. Cada imagen permanec√≠a 10 segundos en pantalla, dando paso al corte inmediatamente superior. Ambrose se di√≥ cuenta de su fracaso. Sin el contraste yodado no se distinguir√≠a la lesi√≥n. Los cortes segu√≠an ascendiendo dejando ver claramente los ventr√≠culos cerebrales. Le pareci√≥ distinguir c√≥mo el asta frontal derecha parec√≠a de menor tama√Īo que la izquierda. Unos segundos despu√©s entendi√≥ el motivo. Los m√©dicos no daban cr√©dito a lo que ve√≠an: una lesi√≥n oscura y redondeada ocupaba el l√≥bulo frontal derecho. Al verla Ambrose identific√≥ inmediatamente su composici√≥n: era negra como el agua de los ventr√≠culos, por lo que ten√≠a que ser qu√≠stica. Las im√°genes segu√≠an pasando y la excitaci√≥n de los asistentes iba en aumento. Los cirujanos discut√≠an porque hab√≠an apostado a que la localizaci√≥n era frontal derecha y la imagen lo que mostraba era una localizaci√≥n al lado izquierdo de la pantalla. Le ped√≠an que lo pasara otra vez y algunos se lanzaron a mover los controles.

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James busc√≥ entonces a Hounsfield. El ingeniero le abraz√≥ como si fuera a romperle los huesos. Se sent√≠a como si acabara de ganar la final de la Copa del Mundo en el estadio de Wembley. -Hay que reducir los tiempos, James. Tenemos que a√Īadir el computador, y esa matriz es demasiado grande‚Ķ-James ya no le escuchaba. Estaba pensando en la nuez con la que Godfrey le hab√≠a convencido para apuntarse a aquella aventura. No entend√≠a c√≥mo aqu√©l hombre tan sencillo, que no hab√≠a estudiado en la Universidad y que se dedicaba a fabricar transistores en el s√≥tano de una f√°brica destartalada hab√≠a conseguido cambiar su profesi√≥n de la noche a la ma√Īana. Pens√≥ en todas las arteriograf√≠as que hab√≠a hecho, y en el nuevo trabajo que se presentaba ante √©l.

Respiró hondo. Por el momento dejaría que los cirujanos discutieran un poco más, antes de que descubrieran que las imágenes en el scanner estaban invertidas y que la lesión era en efecto frontal derecha. Salió de la sala y por primera vez en muchos días sonrió.

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Godfrey Hounsfield y el EMI Scanner episodio 1: 1969

13/ 03/ 11
ct EMI

1969

James Ambrose sorb√≠a lentamente su taza de t√© mientras observaba al hombre que ten√≠a delante. Hac√≠a tiempo que hab√≠a perdido el hilo de la conversaci√≥n. Todo era culpa de Evan Lennon, un antiguo compa√Īero suyo del Atkinson Morley’s Hospital en Londres, que ahora era el Director del √Ārea de Radiolog√≠a del Departamento de Salud. C√≥mo hab√≠a ascendido el muy cabr√≥n. La semana anterior le hab√≠a llamado para pedirle que se entrevistara con un ingeniero llamado Hounsfield. Hab√≠a sido un poco misterioso en su petici√≥n, y Ambrose entend√≠a ahora el motivo: este hombre parec√≠a un loco.

Godfrey Hounsfield había dejado la mesa del pub llena de papeles. Dibujaba en una servilleta de papel unos esquemas y fórmulas incomprensibles mientras hablaba de algoritmos tridimensionales y transistores. Al menos John Perry, el físico que trabajaba con Ambrose, parecía entender algo de aquella reunión.

servilleta de hounsfield

James mir√≥ por la ventana. Hac√≠a un d√≠a de perros, la gente sal√≠a de un teatro cercano cubierta con paraguas. √Čl todav√≠a ten√≠a que ir a Wimbledon a completar algunos informes que hab√≠a dejado pendientes en el hospital. Si sal√≠a pronto de all√≠ podr√≠a recoger‚Ķ

-Doctor Ambrose- Hounsfield le miraba sonriente. Un poblado bigote marcaba el final de una nariz alargada. Parec√≠a un hombre simp√°tico.-¬ŅSe encuentra usted bien?-

-Perdone, se√Īor Hounsfied, me he distra√≠do. Creo que ya me he hecho una idea de su proyecto, muchas gracias. Puede mandarnos alg√ļn documento a nuestro despacho en el hospital, pero no estamos interesados y no quiero hacerle perder m√°s tiempo.-Le hizo un gesto a John Perry , que parec√≠a reacio a marcharse.

-Doctores, lo siento si me he ido por las ramas.- Hounsfield rebuscó en su bolsillo y sacó lo que parecía una nuez.- Me pierdo con los detalles técnicos y les hago perder su valioso tiempo. Sólo les pido una oportunidad para demostrarles mi proyecto. Tienen que entender que las tomografías que utilizan en su hospital son un desperdicio de rayos X. Las imágenes que obtienen son borrosas y dan menos información que dos radiografías simples ortogonales.- mientras explicaba esto colocó la nuez delante de sus caras y realizó un gesto con la otra mano rodeando su cáscara. -Lo que yo les propongo es estudiar un cuerpo tridimensional reduciendo su análisis a cortes paralelos que se puedan reconstruir en un ordenador- la nuez se abrió en dos por un corte que Hounsfield debía de haber hecho antes, dejando al descubierto el fruto interior. La imagen recordaba al corte de un cerebro humano.

Perry sonre√≠a. James Ambrose ten√≠a ya el abrigo puesto, pero el n√ļmero de la nuez hab√≠a captado su atenci√≥n. Mir√≥ su reloj.
-¬ŅQu√© es lo que necesita de nosotros?- Ambrose supo en ese momento que llegar√≠a tarde a casa.

-Cerebros, doctores. Necesito cerebros- Hounsfield rompió la cáscara y se metió la nuez en la boca.

El Lobotomobile de Freeman, por J. Eloy García

08/ 03/ 11
lobotomobile

La medicina del siglo XX est√° plagada de episodios que merecen ser recordados por diferentes motivos. La historia que hoy traemos contiene elementos m√°s que suficientes para construir un excitante gui√≥n cinematogr√°fico que nos interrogar√≠a sobre las bondades y las miserias humanas. De hecho existe un film de 1982 protagonizado por Jessica Lange, ‚ÄúFrances‚ÄĚ, que relata la vida de una de las protagonistas que aparecen a continuaci√≥n y que ilustra colateralmente el asunto que abordamos.

El lobotomobile de Freeman o, la historia de un picahielos sin complejos.

En unos a√Īos en los que todav√≠a no se hab√≠an descubierto los neurol√©pticos, la desesperaci√≥n de los pacientes mentales y sus familias alcanzaba l√≠mites imaginables. Por todo EEUU se esparc√≠an enormes hospitales psiqui√°tricos que en algunos casos mostraban el hacinamiento, la falta de recursos, y en general las condiciones infrahumanas a las que se ve√≠an sometidas estas personas. El conflicto b√©lico mundial iniciado en 1939 en el que este pa√≠s participo de forma m√°s que numerosa, produjo un impresionante aumento de la incidencia y la prevalencia de estos trastornos psiqui√°tricos empeorando la situaci√≥n de forma notable.

Sea como fuere, después de que Egaz Moniz publicara el resultado de sus primeras leucotomías en 1936, inmerso en este escenario previamente descrito, el avispado Walter J. Freeman médico estadounidense nacido un 14 de noviembre de 1895 en Philadelphia (Pennsylvania), intuyó que la técnica de la lobotomía frontal transorbital que Amarro Fiamberti practicase por primera vez, bien podría ser usada por él mismo simplificando procedimientos para su aplicación masiva al margen de algunas consideraciones científicas o éticas.

freeman

Freeman, neur√≥logo de formaci√≥n, compart√≠a un consultorio en Washington con James W. Watts neurocirujano del que depend√≠a a efectos de la pr√°ctica quir√ļrgica. As√≠ es que la craneotom√≠a con todas sus complicaciones fue sustituida por el abordaje transorbital. La t√©cnica se desarrollaba durante los minutos en los que el enfermo permanec√≠a inconsciente tras aplicarle las corrientes del electroshock, y consist√≠a en introducir el punz√≥n evitando el globo ocular y ci√Ī√©ndose al tabique nasal accediendo as√≠ a la zona √≥sea m√°s d√©bil en el techo de la √≥rbita. Una vez all√≠, unos golpes en el extremo del incisivo instrumento consegu√≠an abrir paso al interior del cr√°neo. Introducido ya hasta el punto adecuado, se hac√≠an unos movimientos laterales que seccionaban la conexi√≥n de los l√≥bulos frontales con el t√°lamo. La herramienta se retiraba l√≠mpiamente y el trabajo estaba terminado. La actuaci√≥n era endemoniadamente r√°pida, tan solo duraba tres minutos. El procedimiento se pod√≠a repetir en varias ocasiones dependiendo de la supuesta gravedad del paciente.

El entusiasta y ambicioso Freeman carec√≠a del t√≠tulo de cirujano, pero adem√°s tampoco necesitaba de quir√≥fano, asepsia, anestesista, ni instrumental quir√ļrgico especial. El propio hijo del Dr. Freeman, reconoce en un v√≠deo que alguno de esos picahielos pas√≥ directamente de la cocina al malet√≠n de m√©dico de su padre. Existe incluso alguna fotograf√≠a en la que se le ve usando una especie de maza para romper nueces en lugar de la herramienta apropiada para golpear el orbitoclasto, como as√≠ se llamar√≠a el punz√≥n refinado que Freeman dise√Ī√≥ a tal efecto.

Pasado un tiempo, Freeman y Watts dejaron de trabajar juntos por desavenencias respecto la forma de intervenir tan despreocupada e irresponsable de que hacía gala Freeman. Se cuenta que cierto día estando éste en plena faena con un paciente al que ya le había introducido ambos punzones, entró Watts en la habitación y el propio Freeman le pidió que le tomara una foto mientras posaba al lado del paciente a punto de serle practicada la ablación. A su colega aquella situación debió parecerle insuperable y se marchó de allí sin tomar la foto. Así mismo dicen que Freeman a menudo se jactaba de su destreza y cambiaba de mano para hacer demostraciones ante los que colaboraban con él en la cirugía, o los médicos que lo observaban para instruirse en la técnica.

La abnegación de Freeman llevó a que la lobotomía se hiciera tan popular como para ser requerido en diferentes hospitales y estados de costa a costa. Supo usar muy bien los medios de comunicación de masas, y de hecho, se trasladaba en una furgoneta que llamó lobotomobile, llegando a hacer demostraciones en una buena parte de los psiquiátricos del país. En su día se le acusó de hacer esto en lugares absolutamente inapropiados como la habitación de un hotel.

Conforme la técnica del picahielos ganaba adeptos, las intervenciones se multiplicaban y por ello llegaba a pedir por teléfono, antes de llegar a los hospitales, que dispusieran a los pacientes en hilera con el fin de realizar en cadena todas las cirugías que se habían programado. Tales aberraciones fueron extendidas a muchos pacientes para los cuales no había otro remedio y a los que tras la cirugía, se les daba unas gafas oscuras para ocultar los hematomas con lo que terminaba todo el tratamiento.

Los ni√Īos tampoco se libraron del punz√≥n del Dr. Freeman, y es famoso el caso de un conductor de autob√ļs de San Jos√© (California) llamado Howard Dully que plasm√≥ su experiencia en un libro titulado Mi lobotom√≠a. Al igual que otros varios cientos de pacientes, contin√ļa con vida despu√©s de que a los doce a√Īos cambiara su existencia para siempre.

howard dully

Entre los pacientes famosos de Freeman se encuentra tambi√©n una joven de la familia estadounidense de pol√≠ticos por excelencia: Rosemary Kennedy. Fue intervenida a los 23 a√Īos, y a pesar de su estatus social y econ√≥mico no logr√≥ encontrar un tratamiento mejor para sus problemas mentales, de hecho nunca se recuperar√≠a. Existe una an√©cdota ligada a Frances E. Farmer, la famosa actriz de Seattle (Washington). De elegante belleza y desgraciada vida salpicada de des√≥rdenes, adicci√≥n al alcohol, y altercados con la polic√≠a; fue diagnosticada de psicosis maniaco-depresiva y posteriormente de esquizofrenia paranoide. Los hechos hacen referencia a que probablemente Freeman le habr√≠a practicado una lobotom√≠a, aunque existen testimonios contradictorios en lo que a este punto se refiere.

Walter Jackson Freeman I, padre de nuestro protagonista, fue un m√©dico de √©xito en su tiempo. Su abuelo materno, William Williams Keen, lleg√≥ a ser presidente de la American Medical Association. Es posible que Freeman lastrado por el legado brillante de una familia de m√©dicos, estuviera m√°s preocupado por su gloria que por encontrar un buen tratamiento para sus pacientes. Con el tiempo, el esplendor de su carrera comenz√≥ a tocar fin. La era de la psicofarmacolog√≠a hab√≠a llegado, eran los a√Īos 50. Su actividad comenz√≥ cada vez a ser m√°s cuestionada y la aplicaci√≥n de su m√©todo termin√≥ por desterrarse.

Se estima que entre 40.000 y 50.000 personas en EEUU fueron lobotomizadas desde el a√Īo 1936 al 1967 en el que se efectu√≥ la √ļltima de estas incre√≠bles intervenciones. La muerte de Freeman ocurri√≥ en mayo del 1972, dejando para la historia un record personal de aproximadamente 3.600 lobotom√≠as. Como nota positiva recordar que Freeman se ocup√≥ de hacer un importante seguimiento de sus pacientes incluso muchos a√Īos despu√©s de ser operados, haciendo un esfuerzo por visitarlos y mantener el contacto all√≠ donde se encontrasen.

La información recopilada está en las siguientes páginas web consultadas el 20-2-2011:



http://psiquiatrianet.wordpress.com/tag/lobotomias/
http://vodpod.com/watch/3006319-howard-dully-lobotomizado-a-los-12-aos
http://en.wikipedia.org/wiki/Walter_Freeman_(neurologist)
http://en.wikipedia.org/wiki/Orbitoclast
http://www.ome-aen.org/2005_06_19_insoliteces.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Frances_Farmer
http://www.dreamindemon.com/forums/archive/index.php/t-29563.html

J. Eloy García G.